01-01-2023. Solemnidad de Santa María Madre de Dios (Lucas 2, 16 – 21)

Comentario:

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

0. ¡Feliz año! ¡Feliz Navidad y próspero año nuevo!

Éste es el saludo que nos damos al encontrarnos estos días. Pero ¿qué significan estos saludos?

Todos buscamos y deseamos la felicidad. Muchos han pasado esta noche, bebiendo, bailando y brindando por el nuevo año para que nos sea venturoso, próspero, que nos traiga salud, dinero, amor y trabajo.

Pero nosotros, los cristianos, ¿qué celebramos en este primer día del año? ¿Dónde buscamos la felicidad? Vemos que buscarla en el tener, el placer, el poder y los éxitos es una felicidad pasajera y efímera como las burbujas de champán.

Las lecturas de hoy nos hablan de cuatro verbos: bendecir, nacer, encontrar y conservar.

El Primer el verbo: Bendecir. (En la primera lectura).

En el Libro de los Números el Señor pide que los ministros sagrados bendigan a su pueblo: «Bendeciréis a los hijos de Israel: “El Señor te bendiga”» (6,23-24). No es una exhortación piadosa, sino una petición concreta. Y es importante que también hoy los sacerdotes bendigamos al Pueblo de Dios, sin cansarnos; y que además todos los fieles sean portadores de bendición, que bendigan. El Señor sabe que necesitamos ser bendecidos: lo primero que hizo después de la creación fue decir bien de cada cosa y decir muy bien de nosotros. Pero ahora, con el Hijo de Dios, no recibimos sólo palabras de bendición, sino la misma bendición: Jesús es la bendición del Padre. En Él el Padre, dice san Pablo, nos bendice «con toda clase de bendiciones» (Ef 1,3). Cada vez que abrimos el corazón a Jesús, la bendición de Dios entra en nuestra vida.

Hoy celebramos al Hijo de Dios, el Bendito por naturaleza, que viene a nosotros a través de la Madre, la bendita por gracia. María nos trae de ese modo la bendición de Dios. Donde está ella llega Jesús. Por eso necesitamos acogerla, como santa Isabel, que la hizo entrar en su casa, inmediatamente reconoció la bendición y dijo: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42). Son las palabras que repetimos en el Avemaría. Acogiendo a María somos bendecidos, pero también aprendemos a bendecir. La Virgen, de hecho, enseña que la bendición se recibe para darla. Ella, la bendita, fue bendición para todos los que la encontraron: para Isabel, para los esposos de Caná, para los Apóstoles en el Cenáculo… También nosotros estamos llamados a bendecir, a decir bien en nombre de Dios. El mundo está gravemente contaminado por el decir mal y por el pensar mal de los demás, de la sociedad, de sí mismos. Pero la maldición corrompe, hace que todo degenere, mientras que la bendición regenera, da fuerza para comenzar de nuevo cada día. Pidamos a la Madre de Dios la gracia de ser para los demás portadores gozosos de la bendición de Dios, como ella lo es para nosotros.

El segundo verbo: nacer. (En la carta a los Gálatas)

San Pablo remarca que el Hijo de Dios ha «nacido de una mujer» (Gal 4,4). El Señor nació como nosotros. No apareció ya adulto, sino niño; no vino al mundo él solo, sino de una mujer, después de nueve meses en el seno de la Madre, a quien dejó que formara su propia humanidad. El corazón del Señor comenzó a latir en María, el Dios de la vida tomó el oxígeno de ella. Desde entonces María nos une a Dios, porque en ella Dios se unió a nuestra carne para siempre. María —le gustaba decir a san Francisco— «ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad» (San Buenaventura, Legenda major, 9,3). Ella no es sólo el puente entre Dios y nosotros, es más todavía: es el camino que Dios ha recorrido para llegar a nosotros y es la senda que debemos recorrer nosotros para llegar a Él. A través de María encontramos a Dios como Él quiere: en la ternura, en la intimidad, en la carne. Sí, porque Jesús no es una idea abstracta, es concreto, encarnado, nació de mujer y creció pacientemente. Las mujeres conocen esta concreción paciente, nosotros los hombres somos frecuentemente más abstractos y queremos las cosas inmediatamente; las mujeres son concretas y saben tejer con paciencia los hilos de la vida. Cuántas mujeres, cuántas madres de este modo hacen nacer y renacer la vida.

No estamos en el mundo para morir, sino para generar vida. Santa María Madre de Dios nos enseña que el primer paso para dar vida a lo que nos rodea es amarlo en nuestro interior.

El tercer verbo: encontrar. (En el evangelio)

San Lucas en el Evangelio nos dice que los pastores «encontraron a María y a José, y al Niño» (v. 16). No encontraron signos prodigiosos y espectaculares, sino una familia sencilla. Allí, sin embargo, encontraron verdaderamente a Dios, que es grandeza en lo pequeño, fortaleza en la ternura. Pero ¿cómo hicieron los pastores para encontrar este signo tan poco llamativo? Fueron llamados por un ángel. Tampoco nosotros habríamos encontrado a Dios si no hubiésemos sido llamados por gracia. No podíamos imaginar un Dios semejante, que nace de una mujer y revoluciona la historia con la ternura, pero por gracia lo hemos encontrado. Y hemos descubierto que su perdón nos hace renacer, que su consuelo enciende la esperanza, y su presencia da una alegría incontenible. Lo hemos encontrado, pero no debemos perderlo de vista. El Señor, de hecho, no se encuentra una vez para siempre: sino que hemos de encontrarlo cada día. Por eso el Evangelio describe a los pastores siempre en búsqueda, en movimiento: “fueron corriendo, encontraron, contaron, se volvieron dando gloria y alabanza a Dios” (cf. vv. 16-17.20). No eran pasivos, porque para acoger la gracia es necesario mantenerse activos.

Y nosotros, ¿qué debemos encontrar al inicio de este año? Sería bueno encontrar tiempo para alguien. El tiempo es una riqueza que todos tenemos, pero de la que somos celosos, porque queremos usarla sólo para nosotros. Hemos de pedir la gracia de encontrar tiempo: tiempo para Dios y para el prójimo: para el que está solo, para el que sufre, para el que necesita ser escuchado y cuidado. Si encontramos tiempo para regalar, nos sorprenderemos y seremos felices, como los pastores. Que la Virgen, que ha llevado a Dios en el tiempo, nos ayude a dar nuestro tiempo. Santa Madre de Dios, a ti te consagramos el nuevo año. Tú, que sabes custodiar en el corazón, cuídanos. Bendice nuestro tiempo y enséñanos a encontrar tiempo para Dios y para los demás.

El cuarto verbo: conservar. (En el evangelio)

María, dice hoy el Evangelio, “conservaba todo en su corazón” (cf. Lc 2,19). Y es en el corazón donde nace el bien: qué importante es tener limpio el corazón, custodiar la vida interior, la “oración” y el “examen del día” donde se nos invita, al final del día, a reconocer el paso de Dios por nuestra vida, ayudados por su gracia, a conservar todo lo ocurrido durante el día meditándolo en nuestro corazón, dando gracias Dios, pidiéndole perdón y haciendo propósito de la enmienda para el próximo día y, así ir educando y configurando nuestro corazón para que sea semejante al suyo. Qué importante es educar el corazón para cuidar y valorar a las personas y las cosas. Todo comienza ahí, del hacerse cargo de los demás, del mundo, de la creación. No sirve conocer muchas personas y muchas cosas si no nos ocupamos de ellas. Este nuevo año no dejemos de lado el cuidado de las cosas, pero sobre todo de las personas. Porque, además de la vacuna para el cuerpo se necesita la vacuna para el corazón: y esta vacuna es el cuidado. Será un buen año si cuidamos a los otros, como hace la Virgen con nosotros.

Con alegría y confianza te aclamamos: ¡Santa Madre de Dios! Y que así sea.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Me siento bendecido por Dios en Jesús? Cuál es mi actitud en la vida: ¿decir bien o decir mal, hablar bien o hablar mal de las personas, cosas, circunstancias?,¿Me siento como María bendecido, agraciado por Dios? ¿Soy bendición para los demás? ¿Cómo llevo la bendición de Dios a mi familia, amigos, conocidos, feligreses?
  2. ¿Doy vida amando en mi interior a todo aquello que me rodea? ¿Conservo en mi corazón todos los acontecimientos que me suceden en la vida? ¿Cómo es mi vida de oración? ¿Hago el examen diario descubriendo Su paso por mi vida?
  3. ¿Dónde y cómo encuentro al Señor? ¿Soy constante en su búsqueda? ¿Encuentro tiempo para orar, para estar con Dios? ¿Encuentro tiempo para visitar, acompañar, escribir, consolar a los que me necesitan?
  4. ¿Conservo en el corazón los acontecimientos de la vida? ¿Hago el examen cada día para hacerme consciente del Paso de Dios por mi vida?
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