
11-06-2023. Solemnidad del Corpus Christi – Ciclo A (Juan 6, 51 – 58)
Comentario:
Queridos hermanos y amigos en el Señor:
1. CREER EN EL MISTERIO EUCARÍSTICO
Eucaristía es misterio de fe. Nunca agotamos su riqueza. En la Eucaristía se concentra toda la realidad de Cristo: sus sentimientos y actitudes, sus palabras y sus signos, su amistad y su servicio, su capacidad de perdón y de entrega.
En la Eucaristía se hace presente el pasado —memorial— y se anticipa el futuro —profecía—. Anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección y esperamos su vuelta. Pregustamos el banquete del Reino.
Reafirmamos nuestra fe en el misterio eucarístico, pero hemos de creer también en otros «misterios eucarísticos»: nuestros hermanos los pobres, los que sufren, las víctimas de nuestro consumismo globalizado, los que no tienen voz ni derechos. Delicados misterios eucarísticos son las mujeres marcadas, en muchos países y culturas, por la sumisión más humillante y la utilización más hiriente. A veces no tienen derecho ni a la vida —el mayor porcentaje de los abortos en algunos países es hasta el 80%—. Ser mujer es casi una vergüenza y una carga. En todos ellos Cristo sigue padeciendo.
Nota para explicar los distintos grados de presencia de Dios en nuestro mundo: en determinados actos sociales, cuando están invitadas personas que no pueden asistir, se envían un representante, un telegrama, un mensaje, un regalo. Podemos relacionarnos con nuestros padres mediante un regalo, un mensaje, una carta, una llamada, una video-llamada, pero como una visita presencial no lo hay. Dios está presente en este mundo: creación-naturaleza, palabra de Dios, pobres, personas, acontecimientos, pero real y verdaderamente en la Eucaristía.
2. CELEBRAR EL MISTERIO EUCARÍSTICO
La Eucaristía tiene que ser celebrada en la Iglesia y por la Iglesia. No podemos celebrar ni comulgar a solas. Si proclamamos la palabra, es para que sea comunitariamente acogida. Si partimos el pan, es para que todos repartan y compartan. Si lavamos los pies, es para que nos hagamos diáconos unos de otros.
Esta participación comunitaria exige sentimientos de fraternidad y solidaridad. Cuando nos sentamos a la mesa del Señor, no puede haber diferencias: judíos y griegos, ricos y pobres, amos y esclavos, nobles y plebeyos, «hombre y mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28; cf. Col 3,11). ¿Cuándo lograremos este ideal eucarístico?
Y la Iglesia debería invitar con preferencia a los más desvalidos y excluidos. «Sal enseguida a las plazas y calles de la ciudad y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, ciegos y cojos […]. Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa» (Lc 14,21-23). Esto sería poner la Eucaristía en el corazón del mundo doliente y excluido.
Durante el tiempo de confinamiento hemos oído o celebrado la Eucaristía en la TV, la radio o las redes sociales. Pero no es lo mismo que celebrarla presencialmente, donde estamos todos juntos, nos vemos, rezamos, cantamos y recibimos la Eucaristía, al mismo Jesús bajo las especies del pan y del vino.
Nota para vivir la celebración de la Eucaristía:
Silencio, participar en las oraciones, en el canto. En los actos culturales se indica en la propaganda: organiza, financia, colabora, … son distintos modos de participar. En la eucaristía también hay muchas maneras de participar, la más importante es la del que está preparado y comulga el cuerpo y sangre de Cristo. Nadie va invitado a un banquete y se queda sin comer.
3. VIVIR EL MISTERIO EUCARÍSTICO
No basta creer y celebrar, hay que vivir la Eucaristía, que es la mejor manera de creerla y celebrarla. El que me come, vivirá por mí. Es cuestión de vida, no solo de precepto o de rito. Hemos de hacer de la celebración una vida y de la vida una celebración.
Vivir la Eucaristía es ser eucaristía, como vivir de Cristo es ser «Cristo» (cf. Gál 2,20). Convertirse en Cristo es compenetrarse con él, llenarse de su amor.
- • Un amor que permanece.
- • Un amor que sirve, capaz de lavar los pies.
- • Un amor que sienta a la mesa y crea fraternidad.
- • Un amor que comparte y parte solidariamente el pan.
- • Un amor que se hace pan y se parte y se deja comer.
- • Un amor hasta la muerte, pero que vence la muerte.
- • Un amor que se atreve a sufrir con los pobres y a dignificarles.
- • Un amor que transforma el mundo.
«La Eucaristía viene a ser una fuerza de transformación del mundo, como la levadura que hace fermentar la masa» (Congreso Eucarístico de Lourdes, 1987). El que comulga está llamado a ser fermento de solidaridad. Para ello tiene que salir de sí mismo, acercarse samaritanamente al hermano que sufre, profetizar contra la injusticia, irradiar el amor de Cristo en la sociedad. «La Eucaristía imprime en quienes la celebran con verdad, una auténtica solidaridad y comunión con los más pobres» (CEE, La Caridad de Cristo nos apremia, 8).
4. CREER, CELEBRAR, VIVIR EL MISTERIO EUCARÍSTICO
En cualquiera de estas dimensiones de la Eucaristía, como misterio de fe, de culto y de vida, se nos invita a acercarnos con asombro, con apertura y con disponibilidad confiada, a la presencia permanente y a la entrega constante del Señor entre nosotros y para nosotros.
Cada vez que celebramos la Eucaristía hemos de sentirnos tocados por ese Cristo que nos amó hasta el extremo, hasta dar la vida; que se entregó hasta el fin, hasta la muerte; que superó y transformó el sufrimiento humano, incluso la muerte. Al comer el pan partido y beber de la copa rebosante, comulgamos -común unión— con la pasión y la resurrección de Cristo, también con la pasión y la esperanza de los hombres.
Es lo que significa la adoración. Adorar no es mirar devotamente, pero desde lejos; es acercarse cada vez más y dejarse quemar. Es empatizar con los sufrimientos de Cristo cuando padece, cuando muere y cuando resucita; es fundir pensamientos e ideales, sentimientos y voluntades. Es entrar de lleno en el misterio pascual, renovándolo en ti mismo. Es dejar que la mano de Dios grabe en ti la imagen viva de Cristo llagado y resucitado.
Creer, celebrar, vivir la Eucaristía. No son cosas tan distintas, son complementarias y mutuamente se incluyen. Así, quien cree ya está celebrando porque la fe es una fiesta; y quien celebra, renueva y refuerza su fe. Quien cree ya ha empezado a vivir, porque se está abriendo a la vida de Dios; y quien vive la vida nueva, está proclamando su fe en la Pascua de Cristo. Por otra parte, la celebración es flor de vida y la vida es la más bella celebración.
No cabe duda, la Eucaristía está en el centro de la vida cristiana, es su fuente y su culmen. De la Eucaristía bebemos y nos alimentamos. En la Eucaristía descansamos y nos comprometemos. La Eucaristía nos cura y nos regala. La Eucaristía nos abraza y nos envía. La Eucaristía nos recuerda —memorial— y nos garantiza y anticipa el futuro —profecía—. Amén.
Hoy me pregunto:
- ¿Cómo es mi fe en la eucaristía?
- ¿Cómo celebro la eucaristía?
- ¿Cómo vivo la eucaristía?


