
4-3-2024. Domingo 3º de Cuaresma – Ciclo B (San Juan 2, 13-25)
Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
«Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
«Qué signos nos muestras para obrar así?».
Jesús contestó:
«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré».
Los judíos replicaron:
«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».
Pero él hablaba del templo de su cuerpo.
Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
Comentario:
Queridos hermanos y amigos en el Señor:
Los tres pilares fundamentales del pueblo judío eran la Ley, el sábado y el templo. En las lecturas de hoy se nos habla de la Ley y el templo. Las dos instituciones son medios para acercarnos a Dios, no fines en sí mismos.
I. LA LEY.
- El decálogo: camino de encuentro con Dios y con los hombres.
Toda sociedad necesita leyes, códigos y reglamentos. También las religiones tienen sus grandes principios y normas.
El A.T. nos ofrece el Decálogo, diez palabras que encauzan nuestras relaciones con Dios y con los hombres.
Los mandamientos de Dios, el decálogo, son palabras que hoy nos suenan a impositivas y alienantes, trasnochadas; prohibiciones exigentes que nos vienen de fuera y de arriba.
Son revelación de lo mejor que hay en el hombre, manifiestan un camino de mínimos que ayudan al hombre a realizarse como persona y como ser social. Los diez mandamientos pueden reducirse a dos: creer en Dios y no hacer daño a los demás, o amar a Dios y al prójimo.
Sabemos que en el A.T. se fueron complicando y concretando hasta llegar a extremos ridículos e insoportables. Basta con ver el Levítico. Los judíos tenían que cumplir 613 normas.
Jesús se compadece de esa situación. Estáis aplastados por el peso de la ley. Yo quiero quitaros ese peso. Yo os ofrezco libertad. Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón, porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.
Los 10 mandamientos se reducen a dos: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”.
Jesús nos explicará en qué consiste este doble mandamiento: amar a Dios y amar al prójimo, con la parábola del “Buen Samaritano”.
Pero Jesús resume este decálogo en uno: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34)
El mandamiento de Jesús no es prohibitivo ni viene de fuera, sino que nace de la relación del hombre con Jesús. En el amor no hay imposición ni prohibición.
En el matrimonio lo esencial es el amor, aunque hay unas normas básicas de funcionamiento para toda la familia. El día en que se empiezan a marcar todas las tareas que corresponden al marido, las que corresponden a la mujer y las que corresponden a los hijos, contabilizándolo todo, mala señal.
En resumen, la ley es un medio, como nos dice San Pablo, que nos ha de ayudar a acercarnos más a Dios y a liberarnos de las esclavitudes que nos atan, de nuestras perezas, egoísmos y comodidades.
II. PERO NOSOTROS PREDICAMOS A CRISTO CRUCIFICADO.
También, a lo largo de estas semanas, vemos cómo se nos va recordando que el camino que hizo Jesús acabó en la cruz, camino que fue reiteradamente incomprendido y rechazado por sus discípulos. En la segunda lectura de hoy hemos escuchado el testimonio valiente de san Pablo a los cristianos de Corinto; la predicación del Mesías crucificado para muchos será escandalosa y absurda. Para aquellos que quieren un Mesías poderoso y victorioso es un escándalo que se rechazará; seguramente, ésta fue la experiencia de los discípulos de Jesús antes de la pasión y la resurrección. En cambio, para aquellos otros que esperan un Mesías razonable, sin problemas, que sea como los otros dioses, es un absurdo y una locura.
Así, a Jesucristo, solo se le puede entender aceptando una sabiduría y un poder superiores al de los hombres; porque esta sabiduría y este poder vienen de Dios mismo. Preguntémonos si en nuestro itinerario como cristianos las experiencias humanas del dolor, el sufrimiento, el fracaso, el pecado, han sido para nosotros motivo de escándalo, o bien nos han acercado a la humanidad de Cristo que ha dado la vida por nosotros.
III. EL TEMPLO
El evangelio que hemos escuchado nos habla de la relación de Jesús con el Templo, o mejor de la denuncia que hace Jesús del abuso del templo.
Desde la encarnación de Jesús todas las personas somos “templo del Espíritu Santo” y con las palabras de la 2ª carta de Pedro, “somos piedras vivas del templo espiritual que es la Iglesia”. Esta parroquia del “Milagro de San José”, conocida como la parroquia del “ladrillo a ladrillo”, quiere indicarnos que todos aportamos nuestro ladrillo material para construirla, pero sobre todo que cada uno de nosotros somos las piedras o ladrillos vivos y Cristo es la piedra fundamental. Todos somos necesarios en la comunidad parroquial: niños, mayores, adultos, cantores, catequistas, monitores, las que limpian, las que pasan el destillo, los que rezan el rosario y los sacerdotes.
Cuando la Samaritana le pregunta a Jesús ¿dónde tenemos que adorar a Dios, en Jerusalén o en Garizín?, Jesús le responde que “en Espíritu y en Verdad”. Desde la encarnación debemos descubrir la presencia de Dios en cada persona, porque somos templo de Dios.
Dice San Ireneo que “la gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la gloria de Dios”. Según esto, hoy Jesús también cogería el látigo y empezaría a expulsar a tantos comerciantes y explotadores de templos humanos, explotadores de personas que se mueren de hambre, sin cultura, enfermos de sida, drogadictos, mujeres maltratadas, prostituidas, manipuladas; personas explotadas en su trabajo y que sufren tantas injusticias. Asesinados en el vientre de su madre con el aborto, en el campo de batalla, con las guerras, con la eutanasia.
Hoy me pregunto:
- ¿Cómo utilizo la ley? En quién pongo mi confianza: ¿En Dios o en la ley? ¿En las prácticas religiosas, normas e instituciones o en Jesús que me amó y murió por mí?
- ¿Cómo utilizo el templo? En los templos humanos, en cada persona: ¿Veo la imagen de Dios? En cada ser humano: ¿Descubro un templo de Dios? ¿Respeto a todo ser humano y no los critico?
- Una idea: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Cristo crucificado es fuerza de Dios y sabiduría de Dios
- Una imagen: Yahvé entrega las tablas de la ley a Moisés y Jesús expulsa a los mercaderes del templo.
- Un afecto: el gozo de sentirme Templo del Espíritu Santo.


