Domingo VI Pascua – Ciclo C (Juan 14, 23-29)

Comentario:

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

  1. Nos salvamos por la GRACIA DEL SEÑOR JESÚS.

            La 1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos narra el primer Concilio de la Historia. La iglesia de Antioquía, que era más misionera y renovadora, tenía dificultades con la iglesia de Jerusalén que era más cerrada y conservadora. Esta tensión se personalizó entre Pablo y Bernabé, por una parte, y Santiago y Pedro por otra.

            El problema se polarizó en torno a la circuncisión, como signo y bandera de la ley mosaica. Para los de Antioquía esta práctica ya no era necesaria para salvarse, bastaba la fe en Jesucristo; para los de Jerusalén si no se circuncidaban no podían salvarse; lo que significaba que la salvación provenía de la ley de Moisés y no de Jesús. La pregunta era: ¿Quién salva, Cristo o Moisés; la gracia o la ley?

            La solución, inspirada por el Espíritu Santo y apoyada por Pedro, fue favorable a la corriente aperturista, la verdaderamente “cristiana”. Esto marca una ruptura radical con el judaísmo y nacimiento del cristianismo.

            Se afirma que nos salva la Gracia de Jesucristo. No nos salvamos con nuestro esfuerzo ascético y piadoso. Nos salva Dios. No somos protagonistas de nuestra vida y nuestro destino. El único protagonista es Jesús. Nuestro protagonismo consiste en aceptar el don y el regalo de la salvación.

El Evangelio sigue con el “testamento” de despedida, lleno de emoción y de fuerza. Él les va a dejar, pero no les va a dejar solos. Permanecerá con ellos por medio de la palabra, el amor y la promesa del Espíritu Santo.

  • “El que me ama guardará mi palabra”. La fe pasa por el corazón. Oración.

El domingo pasado escuchábamos y acogíamos el nuevo precepto del amor fraterno: «Que os améis unos a otros«, nos decía el Señor. Y este debe ser, añadía, el verdadero distintivo de sus discípulos. El evangelio de hoy hace referencia a otro aspecto del amor: Jesús habla de amarle a él, de amarle personalmente. Alude, en efecto, al que le ama y al que no le ama.

Todos nosotros, por supuesto, nos consideramos incluidos entre los primeros. Es bueno, sin embargo, que nos dejemos interpelar por esta invitación de Jesús y nos preguntemos: ¿Le amo? A veces nuestro amor a Jesús es demasiado implícito. Lo expresamos poco. No lo personalizamos de modo suficiente. Hay una forma de sentirse cristiano poco vivencial: es el caso de muchos que pueden pasar días y días, pueden incluso ir a misa, sin tener unos momentos de conversación con Él, sin dirigirle unas palabras, no convencionales, sino sentidas. Falta, en este caso, calidad. Nos llamamos creyentes, y lo somos. Pero debemos serlo no sólo con la cabeza, sino también con el corazón. Por culpa de esa falta de calidad no somos muy felices en nuestra fe. Y, como consecuencia, la comunicamos poco, no entusiasmamos.

  • ¿En qué consiste guardar sus palabras?

Ahora bien, el amor del que habla Jesús va más allá del sentimiento. No es un amor sólo verbal, teórico. «El que me ama, dice, guardará mi palabra». Aquí está el centro de la cuestión. Sabemos muchas palabras de Jesús, pero no siempre las tenemos en cuenta cuando llega el momento de aplicarlas a nuestra vida de cada día. Conocemos en qué dirección va el Evangelio, pero no siempre es la que seguimos. También puede pasar que nos sintamos identificados sólo con una parte del mensaje de Jesús, aquella que más se corresponde con nuestra sensibilidad, y dejamos de lado el resto. Entonces pasamos a formar parte de los que no hacen caso de sus palabras y, por lo tanto, de los que no le aman o no le aman lo suficiente. Cuando nos damos cuenta de que nuestras formas exteriores, o nuestras palabras, o nuestra reputación, aparecen como más cristianas que nuestras obras, recordemos el evangelio de hoy.

            Con frecuencia nuestros pensamientos, no están en sintonía con nuestros sentimientos, y menos con nuestros actos.

            Guardar las palabras de Jesús significa que nuestros PENSAMIENTOS, SENTIMIENTOS, INTENCIONES, ACCIONES Y OPERACIONES son como las de JESÚS. Los cristianos debemos ser otros Cristos en la tierra, ya que Él no tiene más cabeza que la nuestra, ni tiene otras manos más que las nuestras, ni tiene otros pies más que los nuestros, ni otro corazón para amar, nada más que el nuestro. Es vivir sintonizados, primero con nosotros mismos: pensamientos, sentimientos y acciones, y luego nuestra persona completa con Cristo.

  • No estamos solos. Nos envía el Espíritu Santo.

Ahora bien, no estamos solos. Contamos, felizmente, con más recursos que el simple voluntarismo. Somos la Iglesia de Jesús y de su Espíritu Santo. Este nos trabaja por dentro. Jesús nos lo envía continuamente para que nos defienda. Él mismo le da este nombre: el defensor. Viene a defendernos de nuestros olvidos de las palabras de Jesús, de nuestras parcialidades, de nuestros miedos, de nuestra mediocridad. Nos lo enseñará todo, dice Jesús.

En vísperas de Pentecostés, démonos cuenta de la riqueza de nuestra fe trinitaria. El Padre se nos ha revelado por medio del Hijo, que es su Palabra. Siempre es palabra de Jesús: cuando habla y cuando actúa. Y los dos, el Padre y el Hijo, nos comunican el Espíritu Santo que, vivo en nuestro interior, presente en el complejo e irrepetible interior de nuestra vida personal, nos hace capaces de orientarnos de acuerdo con las palabras de Jesús, de hacerle siempre caso. El fruto de este acompañamiento trinitario es la paz que Jesús nos da. No es una paz como la del mundo, nos ha dicho también el evangelio. Es una paz capaz de serenar definitivamente el corazón. Amén.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Dónde pongo mi confianza para salvarme, en el cumplimiento voluntarioso de las leyes o en la Gracia de Dios?
  2. ¿Qué hago o cómo guardo la palabra de Dios en mi vida?
  3. ¿Experimento la acción de su Espíritu que me guía, acompaña, fortalece, anima mi vida?
  4. ¿Vivo en Paz y transmito la Paz de Jesús?
  • Una idea: El espíritu Santo nos lo recordará todo.
  • Una imagen: Jesús en la última cena les promete el Espíritu Santo.
  • Un afecto: La alegría de sentirme habitado por el Espíritu Santo.
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