Domingo III de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 13, 1-9)

Comentario:

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

1. Aprended a leer la historia y los acontecimientos:

Jesús aprovecha los sucesos ocurridos para que quienes le escuchan comprendan que las desgracias son ajenas a la voluntad de Dios. Y les enseña a leer la historia, y la vida cotidiana, desde la óptica de Dios.

Las causas que más provocan el ateísmo, según San Pablo VI, son el problema del mal, el hambre y la injusticia en el mundo.

Sin embargo, tenemos que decir que Dios no quiere el dolor, sino que lo sufre con los hombres.

En muchas ocasiones el mal, el dolor y el sufrimiento es inevitable al vivir en un mundo finito, limitado, donde tenemos que nacer, crecer y morir. Esto provoca dolor y sufrimiento. El hecho de elegir y tomar decisiones provoca dolor y sufrimiento. La libertad humana, con frecuencia, se equivoca causando dolor; y en otras muchas ocasiones toma decisiones injustas, egoístas; como en el reparto de los bienes de la tierra, provocando hambre, y en muchas ocasiones, causando injusticias y muerte, como en el caso de “los galileos asesinados por Pilato”. O “los 18 que murieron aplastados por la torre de Siloé”  o, en estos momentos, la invasión de Ucrania por Rusia que tanta destrucción, sufrimiento, dolor y muerte están causando

Dios, en todos los acontecimientos, respeta la libertad humana, invitando siempre a la conversión.

Jesús rechaza la idea judía de la retribución: al pecado le corresponde el castigo.

Jesús: Aclara, las dos posturas equivocadas.

1ª La de los que se creen “buenos” y piensan que los demás merecen castigo.

2ª La de quienes opinan que todo mal es “castigo de Dios”. Por la idea deformada de un Dios inquisidor, muchas personas viven abrumadas, con conciencia culpable y culpabilizadora.

Jesús en estos casos hace una invitación urgente y estimulante a la conversión, a un cambio de estilo de vida, de forma de pensar y de actuar. Una invitación a liberarnos de todo lo que nos impide madurar como personas y como creyentes. Supone un proceso ascendente y continuo. Pero, en concreto, ¿de qué, a qué y a quién necesitamos convertirnos?

2º Invitación a la conversión. La Parábola de la viña y la higuera.

La vid y la higuera en la Biblia representan, frecuentemente, al pueblo de Israel. Para que quede más claro que se refiere a esto, el pasaje de la parábola nos habla de una higuera plantada en una viña. ¿De qué sirve una higuera que no da frutos? Si no da frutos reiteradamente, el problema se agrava: no sólo no da fruto, sino que ocupa un lugar que se podría aprovechar para otra planta. Dios preparó el terreno, hizo todo lo necesario, se tomó un tiempo prudencial, pero ¿los frutos? El pueblo que Dios ha preparado con tanto cariño, ¿cómo responde al cariño de Dios?  El tiempo se acaba y la higuera puede ser cortada. Sólo la intercesión de los trabajadores puede retrasar la acción de cortar la higuera.

Vivimos en sociedades llamadas cristianas. Se decía: «occidental y cristiana», y los frutos fueron muchas veces torturas, desapariciones, asesinatos, miedo y más todavía: hambre, desocupación, analfabetismo, falta de salud y vivienda, desesperanza y si «por los frutos se conoce el árbol» hoy, muchos llamados cristianos, siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide el Evangelio.

No bastan las palabras. De nada sirve una higuera estéril. Una higuera debe dar higos, ya que para eso ha sido plantada. Un pueblo redimido por Cristo, debe edificar, con su vida y con su muerte, si fuera necesario; un Reino que dé frutos de verdad, frutos de justicia y de paz, de libertad, de vida y de esperanza. Estamos lejos, ¡muy lejos! de lograrlo. Es verdad que en decenas de comunidades hay también frutos muy vivos de solidaridad, de paz, de oración, de justicia y de vida, de celebración y de esperanza; y podríamos multiplicar los frutos que vemos en las comunidades; pero todo lo anterior también es cierto. Falta mucha vida que cosechar y alegría que festejar.

Jesús, nos enseña la “dinámica del frutopara aprender a reconocer allí un Dios que sigue hablando y que nos sigue llamando a la conversión. No una conversión individual y personal, sino una que dé frutos para los hermanos, para la historia y para la vida. Y la Cuaresma es tiempo oportuno para empezar a darlos.

El dueño de la viña no exige un fruto que no pueda dar ese árbol. Aunque no encuentra los frutos esperados, se muestra paciente.

Dios está siempre dispuesto a dar una nueva oportunidad, y sigue confiando en el ser humano que Él ha creado para que dé fruto.

No se trata de una amenaza, Dios quiere vernos crecer y dar lo mejor que tenemos dentro, sin quedarnos en la mediocridad por miedo a arriesgar por costumbre, pereza, o rutina…

En nuestro caso, ¿tendrá que esperar un año más para ver el fruto?

Jesús, se compromete con nosotros, en nuestro proceso de conversión.

El Amor siembra y espera, ayuda y espera, enseña y espera, confía y espera. El amor espera una respuesta positiva de la persona amada.

Ante el Reino hay que decidirse.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Cómo leo la realidad que me toca vivir, y desde dónde?
  2. ¿Qué frutos me pide el Señor en mi vida?
  3. ¿Dónde le descubro como ausencia, y dónde como presencia en mi vida?
    • Una idea: El Señor es compasivo y misericordioso.
    • Una imagen: El viñador cuidando la higuera que no da fruto.
    • Un afecto: La alegría de la conversión o de las buenas obras.
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