01-10-2023. Domingo 26 del Tiempo Ordinario – Ciclo A (Mateo 21, 28-32)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue.

Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».

Contestaron: «El primero».

Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis»

Comentario:

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

  1. Cada uno es responsable de sus actos.

Hasta el profeta Ezequiel la teología tradicional judía afirmaba que:

1. La enfermedad, el dolor, el sufrimiento, las desgracias, etc. eran consecuencia de un pecado pasado, cometido por él mismo o por algún miembro de la familia.

2. Existe una conciencia de “responsabilidad colectiva”, en la que las actuaciones del pueblo tienen consecuencias para el pueblo: el exilio en Babilonia es consecuencia de los pecados cometidos por el pueblo. Esta conciencia dura hasta la época de Jesús. Por ejemplo, cuando los discípulos le preguntan, en el caso del ciego de nacimiento: ¿quién pecó él o sus padres? Yo me atrevería a decir que algo de esta conciencia queda, incluso entre nosotros, cuando asociamos o intentamos explicar nuestros dolores, desgracias o circunstancias personales con nuestro pecado.

            Es el profeta Ezequiel el que comienza a desarrollar el principio de “responsabilidad personal”, según el cual, cada uno es responsable de sus actos, perdiendo fuerza el dicho: “Los padres comieron los agrazones y los hijos padecen la dentera”.

Este principio supone un avance revolucionario en el pensamiento religioso judío. Un poco más adelante en el v. 30, Ezequiel pone estas palabras en boca del Señor: Os juzgaré a cada uno según su proceder.”

Pero, incluso, aunque “en el pecado esté la penitencia”, como se suele decir, y muchas veces, es cierto que cada uno es responsable de sus actos y de sus consecuencias, no podemos decir ni echarnos la culpa (culpabilizarnos) de todo lo que nos ocurre:

  1. A nuestro pasado, circunstancias, historia personal.
  2. Ni a nuestro comportamiento, acciones o pecado personal.
  3. Ni a Dios al que, con frecuencia, le culpamos de todo.

Muchos de nuestros males dependen de la limitación, la enfermedad, los años, la injusticia que otros pueden cometer contra nosotros, etc.

Sí es bueno reconocer y aceptar las circunstancias personales, familiares, sociales, etc., y pedir:

“Fuerza para cambiar lo que podemos cambiar;

valor para aceptar lo que no podemos cambiar

y sabiduría para distinguir la diferencia”.

  1. “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”.

San Pablo invita a los de la comunidad de Filipo a que le den una alegría: que mantengan la unidad, la concordia y la fraternidad, no obrando con envidia ni por rivalidad entre ellos. Los invita a que busquen no su propio interés, sino el de los demás.

La motivación para que tengan estas actitudes fundamentales es la invitación de San Pablo: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo”. A continuación, enuncia el himno Cristológico que se divide en dos partes:

1. Humillación de Cristo: “Cristo, a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios”, sino que se hizo hombre con todas sus consecuencias, sin presumir ni alardear de nada. Por eso, si Dios ha actuado así, ¿quiénes somos nosotros para tener pretensiones de superioridad de unos sobre otros? Sin embargo, lo triste es que esas pretensiones se siguen dando en nuestras comunidades.

2. Resurrección de Cristo: el Padre lo resucita y lo constituye Señor del universo como consecuencia de la humillación y solidaridad con la humanidad.

  1. ¿Quién hizo lo que quería el Padre?

Para entender el evangelio debemos saber el contexto:

El evangelio de hoy se desarrolla cuando está Jesús enseñando en el templo de Jerusalén y los sumos sacerdotes y los ancianos = senadores, preguntan a Jesús con qué autoridad hace y dice las cosas que hace y dice. Ante esta pregunta les responde, a lo gallego, con dos contrapreguntas: “¿El bautismo de Juan era del cielo o de los hombres?” cuestión a la que responden diciendo que no saben. Entonces Jesús responde que Él tampoco les dice con qué autoridad actúa.

Y la segunda contra pregunta es el comienzo del evangelio de hoy: “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos”.

Después de contarles la parábola, les pregunta: ¿Quién de los dos hijos cumplió la voluntad del padre? Y le contestaron que el primero, el que fue a la viña.

Los sumos sacerdotes y los ancianos son el hijo que ellos mismos han descalificado por no obedecer al Padre, el que dice que sí va, pero en realidad no fue. Ellos se sentían muy judíos, descendientes de Moisés, pero no quisieron reconocer la labor del Bautista, mientras que otros, los publicanos y las prostitutas, sí lo hicieron. Y esos son precisamente los considerados como “malos”, como el hijo que, primero dice que no va, pero sí va.

En otras palabras, podemos decir con un dicho castellano: “Obras son amores y no buenas razones”. O con palabras de San Ignacio en una de las notas de la Contemplación para alcanzar amor: “El amor se ha de poner más en obras que en las palabras”

Hoy me pregunto:

  1. ¿Con cuál de los dos hijos me identifico más?
  2. ¿Qué sentimientos predominan en mi vida? ¿Los de Jesucristo = pobreza, humildad, o los del mundo = el poder, tener, aparentar, imagen?
  3. En vida, ¿miro el futuro con ilusión y esperanza, o me lamento de mi pasado y de lo que me ocurre en la actualidad echándole la culpa a Dios?
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