24-09-2023. Domingo 25 del Tiempo Ordinario – Ciclo A (Mateo 20, 1-16)

Comentario:

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

Algunas aclaraciones:

1. Reino de los Cielos en Mateo es lo mismo que Reino de Dios en Marcos y Lucas. En Mt siempre aparece “Reino de los Cielos” por la audiencia a la que se dirige, el pueblo judío, que no puede nombrar la palabra “Yahvé”.

* La expresión “Reino de Dios” o “Reino de los Cielos” se refiere a una cualidad de la persona, como, por ejemplo, cuando decimos “el tonto de Pedro o la lagarta de Luisa” no estamos diciendo que Pedro tenga un tonto o que Luisa tenga una lagarta, sino que Pedro es un poco tonto y que Luisa es un poco lagarta.

Así cuando decimos “el Reino de los cielos” nos referimos a “Dios mismo en Persona”, es decir, Jesús está ya entre nosotros. En este caso podríamos traducir: “El reino de los cielos (es decir: Dios mismo en persona = “Jesús”) se parece a un propietario…”.

2. “Contratar jornaleros para la viña” no está haciendo referencia a contratos laborales o temas de justicia social sino a trabajadores por el “Reino de Dios”, es decir, se está refiriendo a sus discípulos y sus seguidores, a ti y a mí. No se trata, en este evangelio, de si el propietario de la viña fue justo o no fue justo, si los sindicatos tuvieran que intervenir o denunciar al dueño o no. Deberíamos pararnos a pensar si nosotros, probablemente, nos identificamos con bastante frecuencia este trabajo por el Reino de Dios con el que realizamos para cobrar un salario, un sueldo para vivir.

En esta parábola no se habla del salario de los trabajadores sino de la bondad del dueño de la viña, es decir, de Jesús.

3. «Envidia». Los trabajadores de la primera hora tienen envidia de que Dios sea bueno.

Poner un título: “La bondad de Dios frente a la envidia de los justos”

  1. Los criterios de Dios no son nuestros criterios.

“Sus caminos no son nuestros caminos” (Isaías).

El Talmud de Jerusalén contiene un relato parecido en la forma a la parábola que hemos escuchado. Se trata del discurso funerario que pronuncia un rabino al sepultar a un joven maestro de 28 años. En él se cuenta cómo un rey contrató obreros para su viña y también pagó a todos lo mismo. Pero, ante las protestas, su contestación fue: “ este ha trabajado dos horas más que vosotros en todo el día”. El joven rabino difunto había hecho más en 28 años que muchos doctores en cien. Se le premiaba la cantidad de trabajo que fue capaz de realizar en poco tiempo. La forma narrativa, como se ve, es bien similar, pero el fondo es muy distinto: mientras el discurso rabínico habla de mérito, la parábola de Jesús se refiere a la gracia. En el primer caso, la causa del premio está en el trabajo de quien lo recibe; en el segundo, en la bondad del que lo otorga. En alguna ocasión, la liturgia de la misa recoge en sus oraciones: no por nuestros méritos, sino conforme a tu bondad.

Nos cuesta entender que “los caminos del Señor son distintos a los nuestros”. Dios se presenta como un amo generoso que no funciona por rentabilidad, sino por amor gratuito e inmerecido. Esta es la buena noticia del evangelio, pero nosotros insistimos en atribuirle el metro, siempre injusto, de nuestra humana justicia.

En vez de parecernos a Él, intentamos que Él se parezca a nosotros con salarios, tarifas, comisiones y porcentajes. Queremos comerciar con Él y que nos pague puntualmente el tiempo que le dedicamos, y que prácticamente se reduce a unos ritos sin compromiso y unas oraciones sin corazón.

Con una mentalidad utilitarista, muy propia de nuestro tiempo, preguntamos: ¿para qué sirve ir a misa, si Dios nos va a querer igual? ¿Para qué ser honrado, bueno, servicial, trabajador, responsable, fiel a nuestro esposo/a? Así evidenciamos que no hemos tenido la experiencia de sentirnos amados y queridos por Dios que nos quiere y ama con locura, y, por lo tanto, no reaccionamos en consecuencia, amándole desinteresadamente por encima de leyes, normas, mandamientos y medidas.

Incluso vemos absurdo, y hasta injusto, ser queridos todos por igual, el que desde pequeño ha sido bautizado, hecho la 1ª comunión, ha asistido a la catequesis de confirmación, ha hecho los cursos prematrimoniales, ha asistido todos los domingos a misa, incluso en el verano, y ha dedicado un rato a orar; ser querido igual que el que nunca se acuerda de Dios, ni practica ningún sacramento, el que es un vago, drogadicto, alcohólico, maltratador, etc.

Olvidamos que la gracia ha sustituido a la ley. Parece que necesitamos que existan los malos para podernos calificar de buenos. De esta forma, el amor al hermano se torna imposible. 

Permitidme que os cuente la experiencia de:

ÉL DISCÍPULO IMPACIENTE

Después de una exhaustiva sesión matinal de oraciones en el monasterio, el novicio preguntó al abad:

– ¿Todas esas oraciones que usted nos enseña hacen que Dios se aproxime a nosotros?

– Te responderé con otra pregunta, dijo el abad. ¿Todas estas oraciones que rezas harán que el sol nazca mañana?

– ¡Claro que no! ¡El sol nace porque obedece a una ley universal!

– Entonces, esta es la respuesta a tu pregunta.

          Dios está cerca de nosotros independientemente de las oraciones que hagamos.

El novicio se sublevó:

–  ¿Está queriendo decir que nuestras oraciones son inútiles?

–  De ninguna manera. Si no te levantas temprano, nunca conseguirás ver el nacimiento del sol.

   Si no rezas, aunque Dios esté siempre cerca, nunca conseguirás notar su presencia.

  • La “bondad de Dios”, frente a la envida de los “justos”

El centro de la parábola lo constituye el v. 10 («Cuando llegaron los primeros creyeron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno»), y por eso surgen las críticas que los obreros formulan contra el amo y la respuesta de este.

Bien mirado, los obreros de la primera hora no se quejan de haber padecido una injusticia (ajustaron un denario y lo recibieron), sino más bien de la ventaja concedida a los otros. No pretenden recibir más, sino que se muestran envidiosos de que los otros hayan sido tratados como ellos.

Lo que les “duele” es recibir la misma paga que los que han llegado a última hora.

La injusticia de que creen ser víctimas no consiste en recibir una paga insuficiente, sino en ver que el amo es bueno con los otros. Es la envidia del justo, ante un Dios que perdona a los pecadores.

Así leída, la parábola no quiere enseñarnos en primer lugar cómo se conduce Dios, sino más bien cómo han de conducirse los justos ante la misericordia de Dios; concretamente ante la manera de obrar de Jesús ante un Reino que se abre a los paganos. «El problema no es el de los derechos y los deberes de un amo, sino el de la solidaridad que debe unir a los obreros entre sí» (J. Dupont), a los afortunados con los desafortunados, a los justos con los pecadores. Los justos no deben sentir envidia, sino alegrarse ante un Padre que perdona a los hermanos pecadores.

De esta manera hemos llegado, con toda probabilidad, a la situación histórica concreta de la predicación de Jesús; en otras palabras, al ambiente en que nació la parábola. Con la parábola Jesús intenta justificar, frente a los fariseos celosos, su comportamiento, su familiaridad y su preferencia por los pecadores, publicanos, prostitutas. Él no establece diferencias entre justos y pecadores, y por ello se sienten ofendidos los justos. Para los judíos y fariseos: los ricos, los que tenían muchos hijos, y gozaban de buena salud, eran signos de la bendición de Dios; los pobres, enfermos, estériles o gente que no tenía descendencia, los consideraban como malditos de Dios y Jesús rompe este esquema. Jesús, con su vida, con su llegada, nos revela quién es Dios Padre y nos señala una hora excepcional de gracia.

  • “Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”

Esta parábola en unos provocará un sentimiento de alabanza a Dios, porque es bueno, porque su amor no tiene fin, porque sigue llamando sin discriminar, porque siempre hay esperanza… En otros provocará malestar: ¿por qué vamos a ser iguales el sinvergüenza, el caradura, el pecador y nosotros, que «nos hemos sacrificado» durante la vida entera?

A estos últimos tendremos que descubrirles con cariño, aunque sea con dureza, su error: que en tanto tiempo de Iglesia no han descubierto el don de Dios y piensan y actúan como esclavos, no como hijos. Estos deberán atender la dura advertencia final: «Hay primeros que serán últimos».

Existen cristianos que creen que la religión consiste en lo que ellos dan a Dios, y no que la religión consiste en lo que Dios hace por nosotros.

No entienden que es peligroso exigir a Dios «lo que es justo».

El verdadero obrero del Reino, según el corazón del Señor, es el que se desinteresa del salario. El que encuentra la propia alegría en poder trabajar por Él y para Él.

Pero el punto central de la parábola está especificado en esa constatación amarga:

¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

En el fondo la parábola nos dice que podemos ser unos trabajadores extraordinarios, pero al mismo tiempo estar enfermos de “envidia”. Y consiguientemente, no sabemos estar en la viña como se debe.

Digamos la verdad. Es más fácil aceptar la severidad de Dios, que su misericordia; y, sin embargo, la prueba fundamental a que está sometido el cristiano es ésta: ¿eres capaz de aceptar la bondad del Señor, de no refunfuñar cuando perdona, cuando compadece, cuando olvida las ofensas, cuando es paciente, generoso hacia el que se ha equivocado? ¿Eres capaz de perdonar a Dios su «justicia»? (Lc 15,11-32) ¿Resistes la tentación de enseñar a Dios el oficio de Dios? El hermano obedientísimo del hijo pródigo, ese trabajador ejemplar, ese empleado modelo, se ha revelado incapaz de comprender y aceptar la liberalidad del padre, su acogida festiva al hijo calavera que vuelve a casa después de haber dilapidado el patrimonio en juergas y con mujerzuelas. Se ha sentido ofendido por la fiesta organizada con ocasión de su vuelta. Esa alegría le ha parecido una injuria, una injusticia a su fidelidad.

Nuestra desgracia es la envidia. La mezquindad.

No estamos dispuestos a hacer fiesta cuando Dios hace fiesta a quien no se la merece. Apuesto que, si hubiésemos estado presentes bajo la cruz, habríamos considerado «inadmisible» la pretensión del ladrón de entrar en el Reino de Cristo a ese precio. Y habríamos encontrado motivo para criticar aquella canonización inmediata de un pícaro, que no tenía para exhibir ninguna de esas virtudes nuestras «probadas», sino solo maldades.

La infinita misericordia de Dios solo tiene un enemigo: La envidia.

Pero quien tiene envidia y no intenta curarse es también enemigo de sí mismo. Porque corre el peligro de echar a perder la eternidad. Si esperamos la vida eterna como justa recompensa a nuestros méritos, nos cerramos la posibilidad de sorprendernos, como los trabajadores de la hora undécima, frente a la generosidad del amo. Pasaremos la eternidad contabilizando nuestros méritos. Confrontándolos con los de los demás. Corrigiendo las operaciones de Dios. Una condenación…

Hoy me pregunto:

  1. ¿Qué sentimientos provoca en mí esta parábola?
  2. ¿Soy capaz de aceptar la bondad de Dios?
  3. ¿Cómo me siento de ser trabajador de la viña desde la hora en que me llamó el?
Etiquetas