28-1-2024. Domingo 4º Tiempo Ordinario – Ciclo B (Marcos 1, 1, 21b-28)

En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.
Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús lo increpó:
«¡Cállate y sal de él!».
El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Comentario: Jesús, el profeta, habla con autoridad.

Queridos hermanos y amigos en el Señor.

0. El poder de la palabra

            Conocemos el poder de la palabra. Hoy nadie discute el poder que tienen los medios de comunicación. ¿No te dejas influir, sin darte cuenta, por la prensa, la tertulia, la publicidad? ¿No te ha convencido un líder elocuente? ¿No te ha emocionado un buen orador? ¿No te han hecho llorar unas palabras de amor?

            También se puede hablar de la capacidad de engaño y seducción que tiene la palabra, la cantidad de veneno que se puede meter en dichos medios de comunicación o en las conversaciones ordinarias. Solo con saber qué prensa lees, o qué emisora de radio escuchas, o qué cadena de TV ves, sabemos qué pensamos o qué ideología predomina en nosotros.

            Hoy, la 1ª lectura y el evangelio también nos hablan de la importancia que tiene la palabra en nuestra vida y de la coherencia de quienes la pronuncian, y cómo toda palabra divina y humana influye en nuestra vida para bien o para mal. La importancia que tiene quién la diga y cómo la diga.

Si tus palabras no son mejor que tus silencios, es mejor no hablar. Pero un refrán castellano dice: “fastidia más el que calla que el que habla”. ¿Cómo entender esta aparente paradoja o contradicción?

Por otro lado, con la PALABRA podemos bendecir, alabar, pedir, dar, acoger, acariciar, agredir, curar, sanar, insultar, piropear, decir la verdad y la mentira, difamar, cantar, acoger, despreciar, hacer un feo… Por otro lado, no solo es importante la palabra, sino el “tono” con el que digo las cosas. Una misma palabra dicha con distintos “tonos” expresa y dice cosas muy distintas. Incluso, depende de quién te diga la misma palabra, te ofende o te agrada.

1. Moisés y la misión de los profetas en el A.T. y N.T.

Moisés habla al pueblo en nombre de Dios. Era un profeta. Traducía en lenguaje humano la infinitud de Dios. Siempre habrá profetas en el pueblo de Dios. Su misión es expresar en palabras humanas, inteligibles, la voluntad de Dios y los signos de los tiempos. Denunciar el pecado, la injusticia, la opresión del pueblo por parte de los poderosos y anunciar el amor y la misericordia de Dios.

Aunque Jesús nunca se presentó como profeta, era más que un profeta, la gente le consideraba un profeta: “nadie es buen profeta en su tierra” “Este es más que un profeta”.

2. Diferencias entre Jesús y los profetas

  1. Los profetas hablan en nombre de Yahvé. Ej. Oráculo de Yahvé.
  2. Los profetas actúan en nombre de Yahvé, de Dios. Así hacen milagros y curan a enfermos, como Pedro y Juan a la entrada del templo curan en nombre de Jesús.
  3. Aunque había escuelas de profetas, no invitan a seguirles en nombre propio.
  4. Jesús habla en nombre propio. “Se os ha dicho, pero yo os digo”.
  5. Jesús cura en nombre propio. “Yo te lo digo, coge tu camilla y echa a andar”.
  6. Jesús invita a seguirlo a Él como veíamos el domingo pasado: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres

3. Jesús enseña y habla con autoridad, no como los escribas

El modo de enseñar de Jesús provocó en la gente la impresión de que estaban ante algo desconocido y admirable. Lo señala la fuente cristiana más antigua y los investigadores piensan que fue así realmente. Jesús no enseñaba como los «letrados»; lo hacía con «autoridad»: su palabra liberaba a las personas de «espíritus malignos». Daba vida a los enfermos y necesitados.

No hay que confundir «autoridad» con «poder». El evangelista Marcos es muy preciso en su lenguaje. La palabra de Jesús no proviene del poder. Jesús no trata de imponer su propia voluntad sobre los demás. No enseña para controlar el comportamiento de la gente. No utiliza la coacción ni las amenazas.

Su palabra no es como la de los letrados de la religión judía. No está revestida de poder institucional. Su «autoridad» nace de la fuerza del Espíritu. Proviene del amor a la gente. Busca aliviar el sufrimiento, curar heridas, promover una vida más sana. Jesús no genera sumisión, infantilismo o pasividad. Libera de miedos, infunde confianza en Dios, anima a las personas a buscar un mundo nuevo. En Jesús, tan importante como el mensaje que nos transmite es la manera de transmitirlo: con autoridad. Jesús no solo nos transmite, nos cuenta la buena noticia, sino que Él es la buena noticia.

A nadie se le oculta que estamos viviendo una grave crisis de autoridad. La confianza en la palabra institucional está bajo mínimos. Dentro de la Iglesia se habla de una fuerte «devaluación del magisterio». Las homilías aburren. Las palabras están desgastadas.

¿No es el momento de volver a Jesús y aprender a enseñar como Él lo hacía? La palabra de la Iglesia, de los cristianos, ha de nacer del amor real a las personas. Ha de ser dicha después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo, no antes. Ha de ser cercana, acogedora, capaz de acompañar la vida doliente del ser humano.

Necesitamos una palabra más liberada de la seducción del poder y más llena de la fuerza del Espíritu. Una enseñanza nacida del respeto y la estima positiva de las personas, que genere esperanza y cure heridas. Sería grave que, dentro de la Iglesia, se escuchara una «doctrina de letrados» y no la palabra curadora de Jesús, que tanto necesita hoy la gente para vivir.

No podemos olvidar que “el mensaje es el mensajero”. Que lo que intentamos transmitir con la palabra tiene que ver con nuestras actitudes. No podemos decir, como se achaca a los curas, “haced lo que yo os diga y no hagáis lo que yo hago”. Los sacerdotes no solo tenemos que predicar la buena noticia, sino que, tenemos que ser buena noticia.

No somos escribas, sino discípulos de Jesús. Hemos de comunicar su mensaje, no nuestras tradiciones. Hemos de enseñar curando la vida, no adoctrinando las mentes. Hemos de anunciar su Espíritu, no nuestras teologías. Tan importante como el mensaje que predicamos, es el modo con que lo hacemos.

Y así nosotros, llamados a llevar y a acercar a nuestros hermanos todo lo que hemos conocido del Señor, deberemos hacer nuestro ese famoso dicho que nos dice que tenemos dos orejas y una boca para escuchar, como mínimo, el doble de lo que hablamos. Y así también, si queremos ser fieles a lo que nos pide el Señor, también tendremos que escuchar su voz el doble de lo que hablamos de ella. Parafraseando -y completando- este dicho, podríamos decir: dos orejas para escuchar la voz del Señor y lo que nos pide, dos ojos para estar atentos a las necesidades de quienes nos rodean, dos pies para reducir la distancia que nos separa de los hermanos, dos manos para ayudar y trabajar para hacer presente el Reino… y solo una boca, ¡porque hay que anunciarlo! Pero no podemos olvidar lo que celebrábamos hace solo unos días, en Navidad: nuestra fe es en un Dios que, en Jesús, es palabra que se ha encarnado.

Hoy me pregunto:

1. ¿Cómo es mi palabra? ¿Cercana, acogedora, cariñosa, comprensiva o más bien autoritaria, dura, despótica?

2. ¿Se identifica mi vida con el mensaje que intento transmitir o no tiene nada que ver?

3. ¿Son coherentes mis palabras con mis obras?

  • Una idea: Jesús habla con autoridad y coherencia.
  • Una imagen: Jesús cura a uno que tiene un espíritu inmundo en la sinagoga de Cafarnaún.
  • Un afecto: alegría al ver la coherencia de las palabras de Jesús con sus obras.
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