7-1-2024. Domingo 2º despues de Navidad – Ciclo B (Marcos 1, 7-11). Bautismo de Jesús

En aquel tiempo, proclamaba Juan:
«Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos:
«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».

Comentario: Queridos hermanos y amigos en el Señor:

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Tenemos que enmarcarla dentro de las fiestas de Navidad y de la Epifanía o fiesta popular de los Reyes.

  1. La manifestación de Dios al mundo ENTERO.

Con las fiestas de la NAVIDAD celebramos la MANIFESTACIÓN DE DIOS AL MUNDO ENTERO, es decir, el mundo judío y pagano. Con esta fiesta celebramos que la SALVACIÓN ES UNIVERSAL, para todos los hombres. Así nos lo remarcan las tres lecturas del día de hoy.  La primera lectura nos presenta a Jesús como “Luz de las naciones”. La segunda nos narra el discurso que hace Pedro en el bautismo del centurión Cornelio y nos dice que “Dios no hace distinciones, acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”, está abierto a todos incluso a un centurión Romano.

2. La presentación de Jesús por el PADRE como HIJO DE DIOS, ungido por el Espíritu Santo.

Hoy, la fiesta del Bautismo de Jesús, podemos decir que es la fiesta, de la PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD, de JESÚS. Es la teofanía, revelación del Dios trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

A los 40 días ya fue presentado por sus padres en el Templo, donde solo fue reconocido por dos ancianos: Simeón y Ana. Esa fue una presentación ritual, empapada de humildad y ternura. Ahora, a los 30 años, en el comienzo de su vida pública, fue presentado por su Padre solemnemente en medio de un río y mientras Jesús oraba, se abrió el Cielo y bajó el Espíritu Santo en forma de Paloma, oyéndose una voz misteriosa: “Tu Eres mi Hijo amado, mi preferido”. Así lo presentará más tarde Juan en el Jordán: “He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

2.1. La misión de este Siervo-Hijo: elegido, preferido, enviado.

La primera lectura de Isaías nos ha presentado al Siervo de Yahvé como ELEGIDO, PREFERIDO, ENVIADO para llevar a cabo una misión salvadora no solo en Israel, sino en todos los pueblos. Destacando que este siervo tiene el Espíritu del Señor: “sobre Él he puesto mí Espíritu”. Lleno de este Espíritu, implantará el derecho en la tierra, abrirá los ojos de los ciegos, sacará a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”. Esta misma definición se la aplica Jesús a sí mismo en la sinagoga de Cafarnaúm (Lc 4,16-20).

3. Jesús pasó “haciendo el bien”.

Esta misma experiencia es la que debe movernos a nosotros, cristianos de comienzos del s. XXI. Dice K. Rahner que “el cristiano del futuro o será un místico o no será cristiano”; es decir, o partimos de una experiencia de sentirnos como Jesús en el Jordán, hijos queridos y amados por Dios, o no seremos cristianos. Sin esta experiencia seremos cristianos solo de nombre sociológico, pero nuestra vida no tendrá sentido, ni haremos nada por los demás, ni por nosotros mismos. Habremos sido bautizados solo con agua, pero no con Espíritu, que es lo característico del cristiano. El Espíritu es quien nos da vida y fortaleza en la lucha; ilusión en medio de un mundo apático, esperanza en medio de la desilusión y desencanto de la sociedad; ánimo en medio de las dificultades y alegría en las tristezas. En definitiva, fuerza para “hacer el bien” en medio del mal y las dificultades de la vida, como hizo Jesús. En la catequesis que nos ha contado Pedro, sobre el bautismo de Cornelio, nos ha dicho cómo Jesús, “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”, tuvo una misión enteramente consagrada al servicio de los demás, curando y liberando; en una palabra: “haciendo el bien”.

Según las lecturas de este día podemos mirar con cariño nuestro interior para ver cómo vivo yo mi bautismo y mi vida cristiana; mi filiación divina, como hijo de Dios.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Cómo he sido bautizado, con agua que me ha resbalado, o con Espíritu que ha fecundado mi vida, sentimientos, relaciones, trabajo, familia?
  2. ¿Vivo desde el gozo y la alegría de ser cristiano, de sentirme “Hijo de Dios”? o vivo con tristeza, culpabilidad, renegando de mi fe, más o menos consciente, por tener que cumplir una serie de preceptos, mandatos, obligaciones?
  3. ¿Mi vida cristiana me lleva a tener una mirada UNIVERSAL hacia todos los hombres y mujeres de este mundo o a hacer distinciones según clases, profesiones, color, sigla política…?
  4. Jesús pasó por la vida, ungido por la fuerza del Espíritu Santo, haciendo el bien. ¿Cómo paso yo por la vida? ¿Cuál es mi actitud?         

De la palabra de hoy recuerda:

  • Una idea: Jesús ungido por la fuerza del Espíritu Santo pasó por la vida haciendo el bien.
  • Una imagen: El bautismo de Jesús. “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco”
  • Un afecto: agradecimiento por ser hijo de Dios.

APENDICE: Oración del P. Arrupe.

Sean Buenos
El cristiano debe ser el hombre o la mujer de la santidad, de la fe, de la esperanza, de la alegría, de la palabra, del silencio, del dolor. Pero debe, sobre todo, ser bueno.
Buenos en su rostro, que deberá ser distendido, sereno y sonriente.
Buenos en su mirada. Una mirada que primero sorprende y luego atrae.
Bueno en su forma de escuchar. De este modo experimentarán, una y otra vez, la paciencia, el amor, la atención y la aceptación de las llamadas de Dios.
Buenos en sus manos. Manos que dan, que ayudan, que enjugan las lágrimas, que estrechan la mano del pobre y del enfermo para infundir valor, que abrazan al adversario y le inducen al acuerdo, que escriben una hermosa carta a quien sufre, sobre todo si sufre por nuestra culpa.
Buenos en el hablar y en el juzgar. Si son jóvenes, sean buenos con los mayores; y, si son mayores, sean buenos con los jóvenes.
Sean contemplativos en la acción. Transformen su actividad y trabajo en un medio de unión con Dios. Estén siempre abiertos y atentos a cualquier gesto de Dios Padre y de todos sus hijos, que son hermanos nuestros.
Pedro Arrupe, SJ

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