30-07-2023. Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo A (Mateo 13, 44-46)

Comentario:  

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

1.- El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido.

Un tesoro es algo que tiene mucho valor para nosotros y que, por eso mismo, deseamos adquirirlo y conservarlo. A lo largo de la vida podemos desear tener y conservar diferentes tesoros, estando dispuestos a renunciar a muchas cosas para conseguirlos. La salud, por ejemplo, es un tesoro que todos valoramos muchísimo y que todos deseamos tener y conservar, estando dispuestos a renunciar a muchas cosas para no perderla. Pero también el dinero es un tesoro muy buscado por todos, y el amor, y la familia, y la amistad, y el prestigio… Pero en el evangelio de este domingo se nos habla de un tesoro único, al que debemos subordinar todos los demás. Este tesoro único al que se refiere Jesús es el Reino de los Cielos, un Reino que Él mismo instauró ya durante su vida mortal y que nosotros debemos esforzarnos para que pueda realizarse también hoy entre nosotros. Para no perdernos mucho en frases y conceptos, podríamos decir que, para nosotros, los cristianos, el Reino de los Cielos es el mismo Jesús de Nazaret. Jesús de Nazaret es nuestro tesoro, nuestra opción fundamental; y esta opción debe presidir y condicionar todas las demás. Optar por Jesús es seguirlo incondicionalmente, rechazando todo lo que nos lo impida, aunque tengamos que poner en riesgo la salud, y el dinero, y la familia, y el amor… Así lo hicieron los grandes santos, como San Pablo, San Agustín, San Francisco, San Ignacio y otros muchos. A la mayor parte de nosotros, desde nuestra común condición de pecadores aspirantes a la santidad, no se nos exige generalmente que hagamos tan grandes renuncias y sacrificios heroicos por el hecho de haber optado por el seguimiento de Jesús de Nazaret. En nuestra vida ordinaria podemos seguir apreciando los tesoros a los que hemos aludido antes, siempre que no se opongan frontalmente a la posesión del tesoro único del que nos habla el evangelio de hoy. Es suficiente con que la salud, y el dinero, y la familia, y otros tesoros menores, no nos impidan en ningún caso seguir optando radicalmente por nuestro principal tesoro: Jesús de Nazaret.

1.1.- La fe es una llave que nos proporciona el conocer y el abrirnos a los tesoros de Dios. Sin ella, es imposible vender otros campos (lo material, lo aparente, lo superficial) para quedarnos con lo esencial y verdaderamente valioso: el amor de Dios. Desde lo más hondo de nuestras almas sentimos la presencia de Dios, pero son tantos los obstáculos que salen a nuestro encuentro que, en muchas ocasiones, ese sentimiento de lo divino queda en segundo o, en tercer lugar. Siempre, y lo tenemos que reconocer, es más fácil marcharnos o escaparnos en busca de lo que reluce, aunque sea simplona hojalata, y dejar de lado aquello que no es tan alucinante pero que resulta ser oro.

Hoy más que nunca, vemos que el tesoro de la fe es joya escondida en el inmenso campo de nuestra sociedad. Resulta arduo dar con él; nos quedamos en las cosas y olvidamos las personas. Apostamos por las ideas y relegamos el lado humano de los que las defienden. Nos asombramos por la grandeza del mundo y desertamos de Aquel que lo creó para la perfección, el disfrute y la supervivencia humana: Dios.

–¿Dónde hemos dejado a Cristo?

–¿En qué risco lo hemos olvidado?

–¿Es la familia un huerto en el que cultivamos la perla de la fe?

–¿Es la política una tierra en la que los católicos, cuando acceden a ella desde distintas opciones, respetan e incluso valoran el tesoro de la fe?

–¿Es el corazón y nuestra vida misma un rincón en el que cuidamos con esmero nuestra pasión por Cristo?

1.2.- Hay que comenzar desde abajo. Si hay cosecha es porque, previamente, ha existido siembra, riego, poda, abono y esfuerzo. La fe, aun siendo una fortuna, nos exige un trabajo de conocimiento y de transmisión. ¿Sirven de algo cruces o imágenes en los montes o en las plazas si, luego, la vida de sus ciudadanos va en dirección contraria a lo que esos símbolos significan? Desde luego, la simbología cristiana ha de ser más que pura estética. Mucho más que un decoro histórico o cultural.

El tesoro de la fe no podemos sustentarlo exclusivamente en las formas o en las tradiciones seculares heredadas. ¡En cuántos momentos, sin percatarnos de ello o incluso sabiéndolo, podemos caer en un paralelismo entre fe celebrada y fe vivida! Celebro festivamente a María, a los santos… en mil expresiones populares, pero, a continuación, la fe no cambia mi forma de pensar, vivir o actuar. Es cuando vemos que nuestra fe, lejos de ser un tesoro, es moneda irrelevante y sin valor. Se queda en la superficie, en lo externo, pero no llega a calar en nuestro comportamiento personal o comunitario.

¿Qué hacer para que la fe llegue a ser un tesoro apetitoso y recuperarla de nuevo?

-No poner a las cosas, lo efímero, por encima de Dios. Volver a la lectura de su Palabra.

-Vivir como cristianos implica no mirar hacia atrás.

-No vivir apegados a nuestros caprichos, a una religión a la carta.

-Considerar el ser católico o cristiano como una ganancia, un orgullo, una oportunidad para ser diferentes y distanciarnos de muchos dictados de la sociedad y no vivir acomplejados o con miedo a que nos puedan insultar o despreciar por vivir como cristianos.

2.- Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien.

El joven rey Salomón sabía muy bien lo que le convenía a él como rey y al pueblo al que debía gobernar. Sabía discernir el mal del bien. Eso es lo que le pidió al Señor y el Señor se lo concedió, dándole un corazón sabio e inteligente. La pena fue que, a este joven rey, el poder lo corrompió y no siempre actuó de acuerdo con los dictados de un corazón sabio e inteligente. También nosotros debemos pedirle a Dios, todos los días, que nos dé un corazón dócil a su voluntad, que sepamos discernir en cada caso el bien del mal y que después actuemos en consecuencia. Las dos cosas son necesarias para gobernar nuestra vida según la voluntad de Dios: que sepamos discernir el bien del mal y que actuemos en consecuencia. Pidámosle también esto nosotros al Dios de la sabiduría y del amor.

3.- A los que aman a Dios todo les sirve para el bien.

Esta afirmación de San Pablo es algo que podemos comprobar todos los días en nuestras relaciones con personas piadosas. Hay personas que saben aceptar todo lo que les ocurre con una gran paz y que todo se lo ofrecen a Dios con amor. Tanto las desgracias como los éxitos, la salud como la enfermedad, todo les sirve para acercarse más a Dios y para amarle más. Todo les sirve para el bien. No se trata de personas ingenuas, o tontas, sino de personas que tienen una gran paz interior y que tienen una fe y una confianza en Dios a prueba de bomba. Debemos pedirle a Dios que nos conceda esta gracia, la de saber aceptar los bienes y los males con serenidad interior y sin perder nunca la confianza en Dios. Después de todo, en la vida cristiana todo es relativo, excepto el amor a Dios y al prójimo.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Qué tengo que vender para salvaguardar el tesoro de Cristo? Cosas tan sencillas como el egoísmo, la timidez como cristiano, el testimonio silenciado ante las gentes, la vanidad, el mal carácter, la tacañería, las malas palabras, la falta de oración o de comunión con la Iglesia… pueden servir para seguir cultivando el campo del gran tesoro de nuestra fe en Jesús.
  2. ¿Cómo es mi discernimiento a la hora de gobernarme a mí mismo o dirigir la parroquia, la empresa, el colegio, mi familia, los grupos?
  3. ¿Todo lo que hago y todo lo que me ocurre me sirve para el bien?

Nota: permitidme terminar con un cuento, que creo, que expresa muy bien por qué muchos bautizados no vivimos como verdaderos cristianos.

Etiquetas