05-03-2023. Domingo 2º de Cuaresma – Ciclo A (Mateo 17, 1 – 9)

Comentario:

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

0. Contexto: La transfiguración.

            Los evangelios de Mt, Mc y Lc sitúan, en un lugar relevante de su relato, el pasaje de la transfiguración de Jesús. Concretamente, se encuentra en el camino hacia Jerusalén, después del primer anuncio que Jesús hace a sus discípulos de su pasión, muerte y resurrección. La TRANSFIGURACIÓN se convierte así en un PREANUNCIO de la futura RESURRECCIÓN GLORIOSA DE JESÚS, en la que se manifiesta su identidad de Hijo de Dios.

El pasado domingo vimos cómo Jesús luchaba contra todo tipo de tentaciones del mundo y se enfrentaba a ellas respondiendo con la misma Palabra de Dios. En las lecturas de hoy, acabamos de escuchar cómo Jesús, además de su clara humanidad, deja entrever también –como en otras ocasiones‑ su divinidad a Pedro, Santiago y Juan, discípulos en quienes confiaba particularmente. Ellos se convierten en privilegiados testigos de la transfiguración y de la oración de Getsemaní y viven la experiencia determinante de que Jesús es el Hijo de Dios.

Nosotros, muchos años después, también podemos entrever, a través de Jesús, la imagen del Dios que se esconde en Él. Jesús es la manifestación de Dios mismo, por eso todos necesitamos la transfiguración; todos necesitamos ir más allá de la imagen física y humana de Jesús y ver a Dios. Ciertamente, tras cada palabra de Jesús se encuentra la misma palabra de Dios, y tras cualquier gesto y cualquier actitud de Jesús podemos descubrir las grandes acciones de Dios: el perdón y la salvación.

La fe de Abraham: Sal de tu tierra […] hacia la tierra que te mostraré.

            “Salir de tu tierra” es muy doloroso porque significa la salida de la seguridad de la propia vida, de la manera falsa e inhumana de vivir. Significa la liberación de la propia seguridad, en búsqueda de la vida verdadera que Dios quiere dar. Todos estamos llamados a dejar, día tras día, criterios que nos pierden, y a buscar la vida verdadera: convertirnos a la verdad y la vida.

Abraham es un gran ejemplo cuaresmal: primero, por su fe en Dios, que ilumina y llena su vida; segundo, por su docilidad a la voluntad de Dios, aunque nada entienda, aunque tenga que morir en ello; tercero, por su actitud peregrina, siempre saliendo de su tierra, siempre en camino, siempre en ascensión, siempre en ensanchamiento interior.

2. La dureza de la evangelización.

         El que ha recibido la misión de evangelizar, sabe lo gratificante que es, pero también lo duro que puede llegar a ser. Por eso no puede apoyarse en sus propias fuerzas, sino en las fuerzas que Dios le da.

3. La montaña: lugar de la presencia y revelación de Dios.

La montaña es el símbolo por excelencia de la cercanía de Dios. Es el lugar habitual de las revelaciones divinas. La montaña, para nosotros, significa la necesidad de distanciarnos -una distancia interior- de nuestro universo cotidiano, de nuestros afanes, de nuestra agitación, para oír la voz y el mandato que sale de la nube: “escuchadle«. Aquí se complementa la revelación y el mensaje de Dios después del Bautismo.

4. Las chozas:

«Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres haré tres chozas […]».

4.1. La propuesta de Pedro expresa un doble equívoco. Es la tentación o intento de acaparar a Cristo, doblegarlo a las propias exigencias y comodidades, limitarlo en su misión; apropiárselo de una manera egoísta, bloquearlo en su movimiento hacia el cumplimiento del proyecto del Padre para ventaja de todos los hombres. Es la tentación de la manipulación o querer hacer un Dios a nuestra medida.

4.2. Es la tentación del intimismo, de la huida, de no quererse enfrentar a la realidad cotidiana, ni afrontar los problemas de la vida. Quisiera prolongar indefinidamente ese instante que, por el contrario, debería servir para ponerse en camino. También nosotros, como Pedro, quisiéramos eternizar el reposo, la contemplación. Es hermoso permanecer sumergidos en la luz. Es bonito permanecer ausentes de la lucha que se libra allá abajo. Sin embargo, es necesario bajar de nuevo. La montaña es bella. Pero el lugar de nuestro vivir cotidiano es el asfalto, la ciudad, la fábrica, el colegio, la oficina; con su aburrimiento, su banalidad, su fatiga, sus contradicciones, con el peso fastidioso de ciertos encuentros. Pedro confunde la pausa con el final.

5. ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO. ESCUCHADLE.

“Este es mi hijo amado, mi predilecto”. Es importante este precepto. El discípulo no es el hombre de las visiones, sino de la escucha. No se trata de ver, de tocar al Señor. Es esencial escuchar su voz, tomar en serio su mensaje, dejarse sorprender por sus palabras. Escuchar, no para saber más de Él, para satisfacer la curiosidad, sino para obedecer, para tomar conciencia de las obligaciones que se nos asignan, para realizar el proyecto de Dios sobre nosotros y sobre el mundo.

No es lo mismo oír que escuchar. Hablar es una necesidad, pero escuchar es un arte. La escucha requiere empatía, atención, mirar a los ojos al otro, acoger con el corazón, la mirada y todo el ser. No puede estar alguien hablándonos y nosotros seguir a nuestras cosas. Cuando alguien viene a hablarnos, debemos dejar lo que estamos haciendo para acoger y escuchar al que viene. La escucha, casi siempre, nos implica y complica la vida.

Cuando se escucha, no se ensancha el campo de nuestros conocimientos teóricos, se ensancha el campo de nuestro compromiso.

Hoy me pregunto:

  1. Cuál es mi actitud ante la vida, ¿estancarme en mis criterios, hábitos, costumbres o salir de mi propio amor, querer e interés para seguir a Jesús?
  2. ¿Sé retirarme, a veces, a la montaña para encontrarme con Dios?
  3. Soy consciente de las tentaciones que siento: ¿manipular a Dios, refugiarme en el intimismo, montaña, seguridades?
  4. ¿Cómo es mi actitud de escucha con mi familia, amigos, compañeros y con Dios? Si no escucho a los hombres/mujeres difícilmente escucharé la Palabra de Dios para cumplir su voluntad.
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