3-07-22. Domingo 14 del tiempo ordinario – Ciclo C (Lucas 10, 1-12.17-20)

Comentario:

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

  1. La mies es mucha.

Jesús nos dice hoy en el Evangelio: “La mies es mucha y los trabajadores pocos”. Su expresión es bien actual si el campo a segar es el mundo que necesita recibir la Buena Nueva del Evangelio, y si los trabajadores son los sacerdotes y todos aquellos que anuncian a Jesús.

A pesar de tantos años de cristianismo en Europa, en nuestros días vemos cómo vuelve a ser necesario el espíritu misionero en nuestra tierra. Somos tierra con una gran riqueza cultural y económica, y al mismo tiempo con pobreza de fe y de humanidad. A veces, al escuchar a los misioneros y misioneras, uno se da cuenta de que nuestros hermanos son pobres en cosas materiales, pero ricos en humanidad respecto a lo sagrado, a la vida humana, a la gente mayor, a la naturaleza, a las tradiciones familiares. Hace poco, oía decir a un misionero español, “aquí somos más ricos, tenemos más cosas, pero sonreímos menos”. En África tienen menos cosas, pero sonríen y se ríen más. Son acogedores y generosos, aunque también tienen sus defectos… Es tiempo, pues, de volver a predicar el Evangelio con nuevo ardor, para renovar la fe y, con ella, los valores humanos más básicos.

  1. Pocos segadores.

El gran protagonista de la evangelización es el Espíritu Santo, que mantiene a la Iglesia a lo largo de los siglos a pesar de nuestras infidelidades. Es este Espíritu que actúa a través de todos los bautizados, y suscita en algunos una llamada a dedicarse exclusivamente a las cosas de Dios y a predicar la Palabra, como son los sacerdotes.

Es bueno recordar a los sacerdotes con cariño, valorar su servicio imprescindible en la Iglesia, sobre todo en lo que se refiere a los sacramentos y a la predicación. Continuamos recordando, sin embargo, la pobreza que vivimos. Faltan sacerdotes, hay muy pocos “obreros”.

El sacerdote, decía San Juan María Vianney, “es el amor del Corazón de Jesús”. También decía que, si el sacerdote fuese plenamente consciente de la grandeza de su ministerio, casi no podría vivir. Él celebra la Eucaristía y hace presente a Jesús entre nosotros de forma real.

  1. Hacen presente el Reino de Dios.

            La consigna del Papa Francisco es clara: “La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a encontrarse con los demás”. No está pensando en planteamientos teóricos, sino en pasos muy concretos: “Salgamos de nosotros mismos para encontrarnos con la pobreza”.

            El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere arrastrar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es fácil. “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y gustos”.

No quiero ocultar mi alegría al ver que el Papa Francisco nos llama a reavivar en la Iglesia el aliento evangelizador que Jesús quiso que animara siempre a sus seguidores. El evangelista Lucas nos recuerda sus consignas. “Poneos en camino”. No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro de nuestras parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida.

            “No llevéis bolsas, alforjas ni sandalias de repuesto”. Hay que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin privilegios ni estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la confianza en el Padre.

Cuando entréis en una casa, decid: ”Paz a esta casa”. Esto es lo primero. Dejad a un lado las condenas, curad a los enfermos, aliviad los sufrimientos que hay en el mundo. Decid a todos que Dios está cerca y nos quiere ver trabajando por una vida más humana. Ésta es la gran noticia del reino de Dios.

Con los laicos y los consagrados, los presbíteros hacen presente el Reino de Dios entre nosotros. Como los 72, son enviados a llevar la paz allí donde vayan, a curar a los enfermos, a curar las heridas interiores de las personas, a ser levadura de reconciliación entre las personas, a consolar a las personas y a suavizar los corazones destrozados por el dolor. Es hacer lo que hizo Jesús, es decir lo que dijo Jesús, es sentir lo que sintió Jesús, es vivir lo que vivió Jesús. Él necesita personas que continúen su presencia en medio del mundo; un mundo que Dios ama mucho a pesar del rechazo o de la indiferencia.

Dios sigue encarnándose entre nosotros a través de los bautizados, y especialmente de los sacerdotes, que administran los sacramentos. En ellos Jesús cura, alimenta, perdona, anima… ama. El sacerdote, es otro Jesús en la tierra.

Dios quiere derivar, como decía Isaías, un río de paz y bienestar sobre todos nosotros, sobre aquellos que lo aceptan y creen en él. Celebrémoslo y alegrémonos porque nuestro Dios no nos abandona.

  1. Que podemos hacer nosotros.

Cada uno, según su vocación, puede continuar haciendo presente a Jesús entre nosotros, sobre todo con su testimonio.

Pero al mismo tiempo nos preguntamos: ¿qué podemos hacer para propiciar un nuevo clima para que surjan nuevos sacerdotes en nuestras parroquias? Rezar. Esto es lo primero y más importante, pedir al dueño que envíe más obreros, rezar por la santidad de éstos y rezar por las vocaciones sacerdotales con confianza y constancia.

Podemos hacer más. Hablar bien de los sacerdotes, amarlos y valorarlos; explicar a los niños y jóvenes de nuestras familias, catequesis, escuelas, grupos, etc. que ser sacerdote hace muy feliz. Y, para los más atrevidos, invitar a algún joven a plantearse la vocación sacerdotal. ¿Has pensado en ello alguna vez?

Que al comer el Cuerpo y la Sangre de Cristo demos gracias por los sacerdotes, especialmente por los que nos han ayudado en nuestra vida.

Por experiencia personal, puedo deciros que el ser sacerdote es una “gracia”, un “regalo” de Dios, para la humanidad, no sólo para mí.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Sé qué sacerdote me bautizó? ¿Quién me dio la comunión, el cuerpo de Cristo por 1º vez? ¿Cuántos me han perdonado en nombre de Dios y me han devuelto la “alegría de Vivir”?
  2. ¿Recuerdo a los sacerdotes que me han acompañado en mi vida, en los momentos buenos y no tan buenos de mi vida?
  3. ¿Tengo algún sacerdote como amigo, le doy gracias a Dios por su vida, rezo por él, estoy cerca de él cuando me necesita?
  4. ¿A cuántos sacerdotes he invitado a comer a mi casa, o he compartido un café o una tertulia?

NB. Os invito a que os unáis conmigo para dar gracias a Dios por el regalo de la vocación al Sacerdocio en la Compañía de Jesús.

  • Una idea: Jesús envió a 72 discípulos a predicar el evangelio.
  • Una imagen: Jesús enviando a sus discípulos.
  • Un afecto: Alegría y agradecimiento de haber sido llamado al sacerdocio en la Compañía de Jesús.
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