Domingo VIII Pascua – Ciclo C (Juan 20, 19-23)

Comentario:

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

1 Dios, en nuestro interior.

                  La primera lectura nos ha descrito la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles: se encontraban todos juntos, reunidos en un mismo lugar. De repente, se oyó un ruido del cielo, como de un viento recio, que resonó en toda la casa… Se les aparecieron como unas lenguas de fuego… Todo eso era lo que experimentaban por fuera, en el exterior. Ahora bien, lo más importante era lo que les pasaba dentro, en el interior de cada uno: «Todos quedaron llenos del Espíritu Santo», dice el texto.

También nosotros hemos recibido muchos signos exteriores de la presencia de Dios: ahora mismo estamos en la iglesia, reunidos ante el altar, hemos hecho la señal de la cruz, hemos cantado, hemos escuchado la palabra del Señor… Pero,¿y por dentro? ¿Nos damos cuenta de que el Espíritu Santo está en cada uno de nosotros y llena nuestro interior?

        Toda la historia de la salvación que venimos celebrando desde Adviento y Navidad, hasta Pascua y Pentecostés, nos introduce en un gran proceso de aproximación de Dios hacia nosotros. El Dios de Moisés era sensible a los problemas de los hombres: «he visto la opresión de mi pueblo»… «he oído sus quejas»… «me he fijado en sus sufrimientos«… le dice. Pero aparecía lejano. Jesús, en cambio, ya es «Dios entre nosotros«, Dios hecho hombre; vive y habla humanamente, comparte nuestra vida y nuestra muerte, se sienta a la mesa con los pecadores, conocemos su historia de Belén al Calvario. Pero quedaba todavía, una aproximación más íntima de Dios. Jesús la había anunciado: el Espíritu de la verdad estará dentro de nosotros. Es éste el acontecimiento de Pentecostés. No es que Dios no sea cercano: su Espíritu está en nuestro interior. Como dice San Pablo: somos templo del Espíritu Santo.

2. Una presencia activa.

       Desde el día de nuestro Bautismo y, singularmente, desde nuestra confirmación, también nosotros estamos llenos del Espíritu Santo. Y ¿qué hace, en nuestro interior, el Espíritu Santo?

‑ Habita profundamente en nosotros. Podríamos decir que se mezcla con nuestra personalidad y, desde ella, nos revela la verdad plena. Conocemos la palabra, conocemos el Evangelio… Pero cada uno de nosotros es diferente e irrepetible… ¿Cómo vivir según el Evangelio en la singularidad de mi vida? Eso no está escrito; eso me lo dice el Espíritu Santo.

‑ Me hace recordar vivencialmente todo lo que el Señor ha dicho, y me lo hace entender.

‑ Es el defensor: me defiende de mí mismo, de mis dudas, de mis cobardías, de mis miedos. También me defiende del mal exterior: de las corrientes escépticas, del ambiente de incredulidad, del materialismo y del consumismo que me rodean e intentan seducirme.

‑ Es el consolador. Me consuela en las horas duras, no deja que me sienta huérfano, me anima en la tristeza, en el desencanto, en la depresión. Me ofrece generosamente sus frutos: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, dulzura y dominio de mí mismo.

‑ Es el inspirador de todos los buenos deseos que hay en nosotros: de querer, amar y servir, ser amables, buenas personas, en el mejor sentido de la palabra «Buenos».

‑ Nos da fortaleza ante las dificultades, problemas, tensiones, trabajos y agobios de la vida

3. Es el Espíritu quien nos empuja a la misión.

         Aquellos hombres asustados que eran los apóstoles, cuando han quedado llenos del Espíritu Santo empiezan a expresarse en diversos lenguajes. Salen fuera y son capaces de establecer una comunicación personal con personas que provenían de diversas nacionalidades; cada uno los oía hablar en su propia lengua. Así el anuncio del Señor resucitado no se convertía en universal por la vía de suprimir las peculiaridades de cada uno, sino porque llegaba a todas las personas en la singularidad de cada una.

Pentecostés nos interpela: el Espíritu que hay en nosotros, nos ha sido dado para que salgamos fuera, para que anunciemos a Jesús, para que todo el mundo nos pueda escuchar desde donde está y como es. ¿No os parece que evangelizamos poco, que a veces estamos acomplejados para hablar de Jesús o contar la experiencia de salvación que cada uno hemos experimentado?

San Ignacio fue un maestro en el arte de la “conversación espiritual” como medio de evangelización con los Ejercicios Espirituales y la experiencia de Dios que le fue revelada y él vivía intensamente. La mayoría de nosotros no tenemos la oportunidad de hablar a grandes masas de público, pero sí que tenemos la oportunidad de practicar la “conversación espiritual” en el tú a tú; con nuestros familiares, hijos, amigos, comunidad parroquial, etc.

Hoy nos podemos preguntar: ¿cuál es la última vez que he hablado con alguien de Dios, de Jesús, del Evangelio?En Jerusalén había gentes de Judea y de Mesopotámica, de Egipto y de Libia… A nuestro alrededor hay personas de muchas mentalidades, de edades diversas, de estilos de vida contrapuestos. ¿Cómo haremos para que todos puedan oír las grandezas de Dios en sus propias lenguas? Escuchemos qué nos dice el Espíritu Santo: cuanto más nos dejemos llevar por Él, más viva y comunicativa será nuestra fe, y más creativa, más rica en iniciativas. Como hemos escuchado en la segunda lectura, hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu, diversidad de dones, pero un mismo Espíritu, diversidad de funciones, pero un mismo Espíritu. Lo importante es que cada uno nos conozcamos a nosotros mismos, y pongamos en práctica todo lo que somos y tenemos; todo lo que Dios nos ha dado, y con lo que nos ha bendecido para el bien común, porque «La felicidad es como un perfume que no podemos derramar sobre los demás sin que caiga alguna gota sobre nosotros» (Leo Buscaglia).

      En la parroquia hay muchos grupos funcionando: catequistas, apoyo escolar, apoyo a la familia, coros, ejercicios en la vida ordinaria, limpieza, biblia, etc., cada uno tiene su peculiaridad y su misión, pero todos están al servicio del bien común de la parroquia y de la sociedad.

     Ernest Bloc dice, que para que todo grupo humano funcione bien tiene que tener estos cuatro carismas: Reyes, profetas, médicos y cantores. Aquí, en esta iglesia de El Milagro de San José, se dan claramente estos carismas y funciones. Hay personas con carisma de autoridad delegada y moral, con intuición profética para vislumbrar el futuro, con paciencia y sabiduría para curar las heridas que nos hacemos en el caminar de la vida, y con carisma para cantar y alegrar el caminar de los demás en medio de los sinsabores y la rutina y monotonía de la vida, como son la variedad de coros que existen en esta parroquia. Amén.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Qué lugar ocupa María en mi vida de oración?
  2. ¿Qué dones reconozco en mi vida con los que Dios me ha bendecido y comparto con los demás?
  3. Qué efectos produce el Espíritu Santo en mi vida: ¿Paz, alegría, ilusión, esperanza…?
    • Una idea: La venida del Espíritu Santo.
    • Una imagen: Los apóstoles con María en el cenáculo.
    • Un afecto: El consuelo de recibir el Espíritu Santo.        
Etiquetas