Domingo 2º de Pascua – Ciclo C (Juan 20, 19-31)

Comentario: “domingo de la divina misericordia”

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

            Las “grandes noticias” buenas o malas, alegres o tristes, se necesita tiempo para asimilarlas. Por eso, la Iglesia, celebra la gran fiesta de PASCUA, durante una semana, para tener tiempo para digerirla y ayudar a que pase de la cabeza al corazón. Y especialmente, la GRAN NOTICIA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, la celebramos durante 40 días hasta la ascensión del Señor.

            La Primera lectura de los Hechos de los apóstoles nos ha descrito las características de las primeras comunidades cristianas: todo lo tenían en común y nadie pasaba necesidad. No sólo hacían curaciones y signos, sino que ellas mismas, estas comunidades, se convirtieron en un signo de gracia y amor.

            Lo más importante era la nueva vida que se manifestaba en estos grupos de creyentes, alentados por el Espíritu. Una vida que se manifestaba en oración de alabanza, en común unión fraterna, en servicio fraterno a enfermos y pobres.

            El relato del Evangelio que acabamos de escuchar es una obra maestra de los textos de Pascua. Está dividido en dos escenas y articulado en torno a dos temas: los discípulos (1º escena) y la fe (2º escena) ambos adquieren urgencia con la muerte y resurrección de Jesús.

1. Los discípulos. 1ª escena (vv 19.23).

            En esta escena, la aparición de Jesús se enmarca en el tiempo, “primer día de la semana” (domingo), y en el espacio “estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”.

            Jesús vuelve en medio de los suyos como les había prometido: “me voy y volveré a vosotros” (Jn 14,28). Atraviesa las barreras externas (las puertas) e internas (el miedo).

            En esta aparición, Jesús comunica a los discípulos cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión y el Espíritu Santo. La paz y el gozo que acompañan a la fe y sostendrán la misión, que tiene como origen y modelo la misión de Jesús. Jesús les dará su Espíritu, como en los comienzos de la creación, y les da el poder de perdonar pecados.

            1.1. Las primeras palabras, el saludo de Jesús fue: “paz a vosotros” y se lo repite para que sea el mensaje central que tienen que enseñar y llevar donde vayan: el perdón y la misericordia.

            1.2. “Se llenaron de alegría al ver al Señor”. Como nosotros cuando vemos a las personas que queremos.

            1.3. “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Estos tienen que tomar el relevo físico de Jesús. Son los enviados de Jesús, como Jesús lo ha sido del Padre. En ellos alienta el mismo Espíritu que alentó a Jesús, Espíritu que les dota de autoridad para perdonar los pecados o retenerlos. Les debe caracterizar LA PAZ y la ALEGRÍA. Paz nacida de la ausencia de angustia y de miedo; alegría nacida de la certeza de que Jesús vive y está con el Padre.

            1.4. “Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados” …

            Jesús se reencuentra con sus amigos y les da un mensaje pascual: ahora les toca a ellos, y les envía a perdonar, a ejercer la misericordia de Dios, a transmitir a todos que el corazón de Dios es tan grande que lo comprende todo, lo perdona todo, que es un corazón mucho más tierno que los nuestros. Y que, por eso, hoy vale la pena pararse a escuchar de nuevo esta aparición de Jesús, y llamar a éste, el “domingo de la divina misericordia”

         2. La fe. 2º escena (vv26-29).

            Ésta, narra una experiencia parecida a la primera, ocho días después. En esta ocasión, está presente Tomás que exige pruebas tangibles para creer. Jesús viene una semana después y se dirige particularmente a Tomás, ofreciéndole como pruebas, los signos de la pasión; pero también reprochándole no haber creído en el testimonio de los otros discípulos. Jesús le invita a dejar de ser un no-creyente, para que pase a creer. Tomás cree y profesa su fe: “Señor mío y Dios mío”.

            La fe es hoy, en nuestros ambientes, minoritaria.  Para la mayoría, Dios, es marginal.

            Hoy queremos valorar y agradecer nuestra fe. La hemos recibido, no tanto por razonamientos, sino por contagio; y sabemos que, en el fondo, es un don. Fue Dios quien abrió los ojos de nuestra alma, para que lo pudiéramos “ver”.

            La última bienaventuranza: “Dichosos los que crean sin haber visto”. No se llega a la fe por pruebas físicas o racionales. No sería fe. No hay argumentos filosóficos o de laboratorio que consigan alcanzar a Dios.

            Pero la fe tampoco es irracional, no es un absurdo creer. La fe tiene también sus razones y sus “visiones”. El creyente no ve a Dios, pero ve sus signos y sus huellas. El creyente ve con el corazón. “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

            Ver con el corazón entra en la órbita de la experiencia y de la gracia. No es puro sentimiento o un cierto voluntarismo o una simple adhesión a la autoridad. La fe es gracia y es luz. La fe ha de ser razonable. “No actuar razonablemente es contrario a la naturaleza de Dios” (Manuel II, Paleólogo, citado por Benedicto XVI).

            La experiencia de la fe tiene mucho que ver con la experiencia del amor. ¿Qué argumentos tengo para saber cuánto quiero o me quiere alguien?

            También puedo decir: creo, porque amo; y mejor: creo porque soy amado, porque la iniciativa es de la gracia de Dios.

            No ves a Dios, pero sientes vivamente que te envuelve su misericordia, tan cercano, tan íntimo, como alimento de tu aliento. Eres amado, luego Cristo vive.

            No ves a Dios, pero ves su mano providente en todas las cosas.

            No ves a Dios, pero ves su misterio amoroso en la profundidad de las personas y de los seres.

            No ves a Dios, pero ves en el mundo, reflejos de su bondad y de su belleza.

            No ves a Dios, pero te sientes incondicionalmente amado por un Amor inmenso.

            No ves a Dios, pero lo palpas en las comunidades de amor auténticas.

            ¿Dónde podemos ver a Cristo?

  • Siempre que hay un amor victorioso, allí está Cristo resucitado.
  • Siempre que hay un servicio entregado, allí está Cristo resucitado.
  • Siempre que hay una oración en el Espíritu, allí está Cristo resucitado.
  • Siempre que hay una comunidad verdadera, allí está Cristo resucitado.
  • Siempre que hay un sufrimiento aceptado, allí está Cristo resucitado.
  • Siempre que hay una superación creadora, allí está Cristo resucitado.

En cada experiencia de Cristo resucitado creemos sin haber visto.

Creer en Jesús no es patrimonio exclusivo de los que vieron a Jesús y convivieron con Él. Al creer sin haber visto a Jesús en carne y hueso, ha dedicado el evangelista toda su atención y todos sus desvelos. Así lo dice expresamente al final del texto en el que explica el objetivo de su evangelio: para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Me siento discípulo enviado por Jesús, como Él lo fue del Padre, para anunciar el perdón y la misericordia al mundo? ¿Perdono y olvido de verdad?
  2. ¿En mi vida soy vehículo del amor y la misericordia de Dios?
  3. ¿La PAZ y la ALEGRÍA son dos características de mi vida como cristiano?
  4. ¿Sé ver en las llagas de la Iglesia de nuestros días, la presencia de Cristo Resucitado, vivo y presente entre nosotros? Amén.
  • Una idea: Jesús ha resucitado.
  • Una imagen: La aparición de Jesús Resucitado a sus discípulos en el cenáculo.
  • Un afecto: La alegría de la Resurrección de Jesús.
Etiquetas