Domingo V de Cuaresma – Ciclo C (Juan 8, 1 – 11)

Comentario: “La mujer pecadora” Taller práctico de Jesús.

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

0. Introducción:

         Ha llegado la primavera, los campos cada día están más verdes y más bonitos. Todo se renueva. Surge nueva vida. Del mismo modo, la Pascua nos quiere llenar de gracia, nos quiere renovar por dentro y en plenitud.

          En la 1ª lectura, el Profeta, Isaías, anuncia que por el desierto se van a abrir caminos y en el yermo brotarán ríos de agua. Dios sigue amando a su pueblo a pesar de sus fallos. Lo mismo que le sacó de Egipto, ahora le librará del Exilio de Babilonia.

        En el salmo vemos también cómo respira optimismo: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

        En la 2ª lectura, San Pablo a los Filipenses nos muestra su entusiasmo por Jesucristo. Describe su vida como una marcha atlética hacia delante: “Todo lo considero pérdida con tal de haber alcanzado a Cristo mi Señor por quien lo perdí todo” “Yo sigo corriendo… olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante”. Para mí, éste es uno de los textos más bonitos de las escrituras.

       En el Evangelio del domingo pasado, Jesús nos explicaba una parábola: la parábola del “hijo pródigo” o “Padre de la misericordia”. Era una narración ejemplar, una metá­fora, de cómo Dios ‑el padre de la parábola- perdona incondicionalmente, siempre. Y de cómo, también siempre, restituye la condición de hijo al que se ha marchado de casa.

Con esta parábola Jesús nos explicaba claramente la teoría del perdón. Analizando bien los personajes, podíamos descubrir lo que hace Dios y lo que, por extensión, deberíamos hacer también nosotros. La parábola del Hijo pródigo es una clase teórica y la de hoy una clase o taller práctico de cómo perdona Jesús.

1. Una clase práctica. Un hecho real: una mujer sorprendida en adulterio.

En cambio, hoy, Jesús no nos explica ninguna narración ejemplar, ni nos da ningún contenido doctrinal sobre Dios o sobre el perdón, sino que hoy, nos encontramos con un hecho real, y vemos a través de él, cómo actúa Jesús, cómo perdona Jesús. Es una acción después de una palabra, para demos­trarnos que Jesús, no sólo es la «Palabra de Dios», como decimos, sino que también es el gesto, la acción de Dios. Esta escena de Jesús, es una lección práctica. La práctica del perdón.

La lección que todos necesitamos, ya que la teoría la tenemos suficien­temente clara, es realmente la práctica. Nos falla a nosotros, personal­mente, y falla a la Iglesia, colectivamente, y le falla al mundo. El caso de una mujer pillada en un flagrante adulterio, y con el riesgo de ser lapidada por los hombres, tristemente, sigue siendo hoy noticia para nuestros periódicos, radios y televisiones. En países como Nigeria, la lapidación de mujeres es una condena de las más habituales. Entre nosotros no es así, pero nues­tro corazón, a menudo, lapida a las personas con mucha facilidad.

2. El pecado no sólo es público, sino interno.

El hecho de que la mujer adúltera del evangelio, haya sido pillada pública­mente, y el que tal vez, sea una mujer de las que hoy denominamos «públicas», nos debe hacer pensar en lo determinante que es para nosotros el hecho público del pecado. Fijémonos: sabemos el pecado de la mujer y no sabemos los pecados de todos los demás que se fueron escabullendo, empezando por los más viejos.

¿Qué es lo que dibujaba Jesús en el suelo? No lo sabe­mos. Pero debía de ser algo que hacía referencia a la interioridad de cada uno. Porque el pecado no es sólo algo externo, visible, controlable y condenable en la mirada, sino que, tras el hecho público, siempre se encuentra la persona, hombre o mujer, que comete la acción, que es condenable. La persona, debe ser perdonada en su exterior, si el hecho es público y, en su interior. El pecado es una cuestión interna; es en el interior donde se juega la vida del hombre y de la mujer.

Creemos que, si el pecado no se ve, no existe; ni nos culpabilizamos, ni nos queremos enterar, preferimos vivir en la luna….

Somos tan hipócritas como los escribas y fariseos.

La semana pasada, el día 25 de marzo, la Anunciación, día en favor de la vida, decía un periodista a las 7,20 de la mañana: Todos los días hay un atentado como el del 11M: mueren 200 inocentes. Pero como no se ven, no les conocemos, como son abortos, como son inocentes, no nos escandalizamos ni nos entristecemos, ni nos culpabilizamos, ni nos quejamos, ni nos duelen…. ¿no os parece que en la vida real pasa algo parecido? Los pecados de pensamiento, los de omisión por no hacer lo que debemos, por no amar lo que debemos; los pecados ocultos que no salen a la luz pública no nos culpabilizan, pero también son pecados, de los cuales debemos arrepentirnos, pedir perdón e intentar cambiar con la gracia de Dios.

Quizás nos pasa como al Rey David, cuando cometió el pecado de adulterio con Betsabé y de asesinato con su marido Urías, el Hitita. Hasta que no llegó el profeta Natán y le contó aquella preciosa parábola, (2 Sam 12,1-7) no cayó en la cuenta. Prefería vivir en la inopia, como nosotros.

3. Jesús da una sacudida a nuestras evidencias.

Jesús hoy, da una fuerte sacudida a nuestras evidencias y nos dice que no tenemos que condenar, que debemos perdonar y que debemos ser siempre comprensivos con las personas. Jesús no nos lo dice porque hoy día están de moda el respeto y la tolerancia con todo el mundo, haga lo que haga; sino con la finalidad de que el ser más comprensivos es una auténtica acción de Dios. Ésta no es una forma de encogerse ante el pecado, como algunos piensan, sino que corresponde al convencimiento que tiene Jesús y que deberíamos tener los cristianos, de que el perdón ayuda a recuperarse. Mientras que la condena no tiene retorno y nunca rehace a nadie. En Jesús nunca encontramos ninguna intolerancia ni ningún integrismo.

La última sentencia de Jesús en el evangelio de hoy es impactante: «¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». Es como si Jesús nos dijera que: nuestro perdón, el perdón entre los pecadores, es vinculante y determinante para el perdón de Jesús. Si nosotros somos capaces de perdonar, Él lo es mucho más que nosotros. Es culpa nuestra que en nuestro entorno y en nuestro mundo no haya perdón y reconciliación. Él todavía sería, y es, más benévolo que nosotros.

4. Preparémonos para las celebraciones penitenciales.

Ayer sábado hemos tenido retiro todas las Parroquias del Rollo, para celebrar la reconciliación. En muchas comunidades cristianas se harán esta semana las celebraciones penitenciales comunitarias. En esta parroquia sabéis que todos los días antes de las misas de las 13 y 20 horas hay un confesor, y siempre que están los despachos abiertos, atendemos a las personas que lo solicitan. También conviene que pensemos en nuestra propia celebración personal, la individual, la de cada uno. Debemos reconciliarnos con nosotros mismos, con nuestro interior, siempre tan confundido y dejarnos perdonar por Dios, como el padre de la parábola del domingo pasado. También debemos buscar los caminos para saber perdonar a los demás, como Jesús ha hecho hoy. Digamos también nosotros las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: «¡Anda, y en adelante no peques más!».

Que la Eucaristía nos ayude a sentirnos perdonados y a saber perdonar, como diremos dentro de unos momentos en el Padrenuestro. Amén.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Cómo es mi esperanza en mis circunstancias concretas?
  2. ¿Qué significa Jesucristo en mi vida?
  3. ¿Me dejo perdonar por Jesús como la pecadora?
  4. ¿Perdono y me dejo perdonar por los demás y por Dios?
  5. ¿Reconozco mis pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión? De lo contrario difícilmente pediré perdón y me dejaré perdonar.
    • Una idea: Dios perdona siempre.
    • Una imagen: Jesús diciendo a la pecadora, “tampoco yo te condeno
    • Un afecto: La alegría del perdón.
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