Domingo IV de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 15, 1-3. 11-32)

Comentario: El hijo pródigo ó El Padre de la Bondad y la Misericordia.

Queridos hermanos y amigos en el Señor: 

            La primera lectura nos habla de la celebración de la primera pascua en la tierra prometida después de la travesía del desierto. Cuando ya había muerto Moisés, tomó las riendas del liderazgo Josué, libres de la antigua esclavitud. Es un paso más en el camino de la liberación. Aún quedaba mucha tierra que conquistar y mucha libertad que celebrar. Siempre hay que estar dando un paso más, como en nuestra vida. Nunca nos podemos parar, la pascua no se termina nunca y las promesas de Dios tampoco.

            La segunda lectura nos dice cómo Cristo paga por nuestros pecados y nos reconcilia con Dios, y nos invita a que nosotros también seamos elementos de reconciliación. El apóstol de Cristo y discípulo de Jesús tiene la misión y tarea de reconciliar a los hombres con Dios.

El evangelio es un TRÍPTICO:

            EL Evangelio de hoy, es una de las páginas más bellas de la Biblia en la que Jesús, con esta parábola del “Hijo Pródigo” o “El Padre de la misericordia” o la “Parábola de los retornos”, nos muestra el rostro de Dios Padre en forma de tríptico: con un cuadro central lleno de luz y belleza y con dos cuadros laterales en penumbra, a oscuras y llenos de tristeza.

1. EL HIJO PEQUEÑO

            Conocemos la historia del hijo pródigo. Es un joven vacío y consumista. No será capaz de llenar su vacío ni con las “manzanas” que le entran por los ojos, ni con las algarrobas que le entran por la boca. Las cosas seducen, pero nohacen felices. La felicidad sólo la dan las personas; pero las personas no tratadas como cosas, como objetos de deseos, sino como misterio. Importa, no el compañerismo sin más, sino la calidad de las relaciones, que engendren amistad.

Entre los aspectos negativos y oscuridades de este hijo podemos apreciar:

            La ingratitud. No sabe responder al amor y a la generosidad del Padre. Es un caso claro de mala relación. Lo trata con unas exigencias injustas: dame mi parte de la herencia, con un derecho que aún no tiene. Es un tratamiento jurídico y mercantil de un tema familiar. Ni una palabra de reconocimiento o afecto hacia el padre. Le ve como a una caja fuerte, con poder para su uso y disfrute personal.

       En el subconsciente quizá al muchacho le parecía que el padre tardaba en morirse. Quizá deseaba la muerte del viejo antes de que pasaran los años de su juventud. Él no quiere aceptar este deseo demasiado odioso. Por eso opta por una huida hacia adelante.

La irresponsabilidad. Irresponsable e inconsciente, porque ni se da cuenta de que le clava al padre un cuchillo donde más le duele y que su comportamiento irá matando al padre lentamente.

Irresponsable consigo mismo por la utilización caprichosa y viciosa de sus bienes. Es un muchacho irreflexivo, que se deja llevar del deseo inmediato, que no mide las consecuencias, que no sabe lo que hace.

La esclavitud. Termina perdiendo toda dignidad y toda libertad. Se ha hundido en un terreno pantanoso del que no será capaz de salir.

Lo demás nos es conocido: el vacío, el hambre, los cerdos… Pero también la insatisfacción, la añoranza, la envidia buena, el recuerdo del padre.

Y el arrepentimiento, aunque un poco interesado al principio, las lágrimas, la decisión de retornar.

2. EL HERMANO MAYOR.

Es el primogénito. Tiene un porte elegante y arrogante. Se siente admirado y mira desde arriba. No se parece en nada al otro hijo vivaracho y vacío. El contraste lo realza. Pisa fuerte en la casa y en el campo. No tiene la simpatía del hermano, no tiene la amabilidad del padre, pero se siente superior. No le quieren, pero le temen. La huida del hermano le deja sin rival. Por él, ni una lágrima. Tal vez algún reproche al padre por no haberle sabido educar.

Parece un tipo perfecto. Nada se le puede reprochar, pero nadie le quiere. Es trabajador y cumplidor, es ordenado y austero, nunca le han visto en malas compañías, pero nadie le quiere. Incluso es obediente al Padre, pero sin calor, un poco por cumplir. A veces se le ha visto murmurar entre dientes. No recuerda el último beso que dio a su padre.

Lo mismo son sus relaciones con Dios, multiplicadas, pero frías. Guarda la ley y hasta se ufana de ello. Ahí están sus oraciones, sus lavatorios, sus ayunos, sus fiestas y sus sábados, sus visitas al Templo, sus sacrificios…, pero no se siente querido por Dios. Él tampoco lo quiere, sólo lo teme. En realidad, no quiere a nadie, y nadie le quiere a él, excepto el Padre.

Este muchacho es una pintura del fariseo, el que se creía perfecto y reprochaba a Jesús su excesiva bondad, su cercanía con la gente ignorante y pecadora. Podemos concretar algunos de los vicios farisaicos que vemos en el hermano mayor, aunque él no los reconocería:

            La ceguera (cf Jn 9, 40‑41). No le deja ver su verdadera imagen. No conoce tampoco la imagen de Dios. No ha conocido al Dios del amor y de la misericordia. Lo tenía bien cerca, pero lo menosprecia y rechaza. Era su padre.

            El orgullo. Se cree perfecto, mejor que los demás. Se compara y no encuentra quien lo iguale, por eso menosprecia a todos (cf Lc 18, 9‑14).

         La dureza de corazón o el desamor. Cumple, pero no ama. Cae en el mercantilismo religioso: cuenta, pesa, mide… méritos. Habla de obligaciones no de efusiones. No entiende los derroches del Padre. Con respecto a su hermano, en su interior ya había muerto para él.

3. EL PADRE

         Todo lo referente al Padre habría que escribirlo con letras grandes, con letras de fuego o de sangre. Es el retrato de Dios. La gran enseñanza que Jesús nos quiere ofrecer. No nos cansaremos de admirar, de agradecer, de asimilar. Es una estampa del mismo Jesús. No nos cansaremos de escuchar.

¿Qué podemos decir del Padre? Todas sus palabras y sus silencios, sus signos, sus gestos son divinamente expresivos. El resplandor de esta figura, como una teofanía, arranca de su grande y hermoso corazón. Éste es el núcleo de fuego. Tal es su calor y su fuerza, que puede transformar el mundo. Por eso el padre no es viejo, es enteramente joven, más que los hijos, es origen de vida y renovación.

EL CORAZÓN DEL PADRE

* Misericordioso. Lleno de misericordia, la derrama sobre el hijo pródigo, que vuelve con su vacío y su desastre y también sobre el hijo mayor, que se queda con su distancia, frío y altivo. (soberbia y orgullo)

* Generoso. No regatea a los hijos. Lo que piden se lo da: todo lo mío es vuestro. Podría ajustar cuentas con uno y con otro, pero las ajusta olvidando y regalando más.

* Paciente. No se cansa de esperar. Espera el retorno del pequeño, y con cuánta angustia. El amor siempre espera. Y por ello, espera la hora del mayor. Todo tiene su tiempo, no se pueden quemar etapas. Esta paciencia va unida a la confianza. ¿Cómo no va a confiar un padre en su hijo? No hay mucho fundamento, pero el amor siempre confía y ve el lado bueno. Pero también es impaciente cuando se trata de salir al encuentro del amado: ¡echando a correr! Es impaciente a la hora de curar la herida o restaurar la dignidad perdida: enseguida el mejor traje

* Respetuoso. Respeta a la persona, sus decisiones, su proceso, su maduración. No le gusta imponer, nunca quiere atar. Sólo la palabra y la seducción. «Con correas de amor» (Os 11, 4). No quiere manipular. Toda persona es sagrada

* Creador. No sólo perdona, olvida, cura, regala, sino que renueva y recrea. Este hijo estaba perdido y se ha vuelto a encontrar, estaba muerto y ha revivido. El traje nuevo, las sandalias, el anillo prueban que se trata de un hombre nuevo. Algo parecido se lee en Zacarías: «Quitadle el traje sucio… Mira, aparto de ti la culpa y que te vistan de fiesta» (Za 3, 4). El amor de Dios «hace nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5; cf Is 42, 9; 43, 19; Ez 36, 26). El amor de Cristo hace a la criatura nueva (cf 2 Co 5, 17; Ga 6, 15). El amor puede vencer toda muerte y regalar nueva vida. Puede hacer de un esclavo un príncipe, de un ladrón un apóstol o un amigo en el paraíso y de una prostituta un lirio.

* Alegre. La vuelta del hijo lo estremece de gozo, le hace correr y gritar, le hace desbordarse en regalos, banquete y fiesta. En todas las parábolas de la misericordia hay un apunte a la alegría: Deberías alegrarte; hay más alegría en el cielo… «Son parábolas de la alegría». Dios organiza una fiesta cada vez que volvemos a Él y nos reviste de misericordia.

Hoy me pregunto:

  1. ¿Con qué actitudes del hijo mayor me identifico?
  2. ¿Con qué actitudes del hijo menor me identifico?
  3. ¿Me dejo reconciliar con Dios? ¿Vivo desde el gozo y la alegría de la reconciliación?
  4. ¿Cómo, cuándo, dónde y con quién soy vehículo de la reconciliación de los hombres con Dios?
    • Una idea: Dios Padre sale a nuestro encuentro.
    • Una imagen: El Padre de la misericordia.
    • Un afecto: La alegría de la reconciliación.
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